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España crece, pero la felicidad se resiente

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El dinero no da la felicidad. Este axioma, convertido en una suerte de verdad universal, casi como una advertencia moral frente al materialismo, se ha incrustado en el imaginario colectivo. Sin embargo, en una España marcada por el encarecimiento de la vivienda, la inflación y la inseguridad laboral, llegar tranquilo a fin de mes se ha convertido para muchos en la diferencia entre vivir con bienestar o hacerlo con ansiedad. La estabilidad económica ya no se percibe solo como una cuestión material, sino como una condición imprescindible para la tranquilidad y la salud mental.

España encadena años de crecimiento económico, con cifras de expansión del PIB que el Gobierno presenta como signo de fortaleza. Sin embargo, esta supuesta bonanza no se traduce en una mayor percepción de seguridad entre la ciudadanía. Al contrario, muchos hogares sienten que la riqueza no llega a su vida cotidiana, mientras sufren en sus propias carnes la pérdida de poder adquisitivo (entre 2020 y 2025 la inflación ha subido un 22,15%, mientras que los salarios pactados en convenio solo un 17,84%), algo que presiona a las economías domésticas. En este contexto, la pregunta es inevitable: ¿son realmente felices los españoles con la aparente «buena» situación económica actual medida en términos de Producto Interior Bruto (PIB)?

Esa es una de las cuestiones que trata de responder la Red Universitaria de la Felicidad a través de su «Informe socioeconómico de la felicidad en España en 2025», editado por Tirant Humanidades. El estudio, recientemente publicado, revela que la felicidad media en España mantiene la tendencia descendente iniciada en 2020, aunque la proyección para 2025 (7,60 puntos) apunta a una ligera estabilización respecto al ejercicio anterior. Este comportamiento, según los investigadores, «puede interpretarse como un signo de resiliencia social en un contexto caracterizado por tensiones económicas, aumento del coste de la vida y transformaciones en el mercado laboral».

Y es que, tal y como dijo Jacques Delors, «un país verdaderamente exitoso es aquel que mide su éxito por la felicidad de su gente». La frase de uno de los grandes arquitectos de la Europa social resume un debate que durante años pareció más filosófico que económico. Frente a la visión técnica de la economía, Delors defendía que el éxito de una nación no podía medirse únicamente por indicadores macroeconómicos como el PIB o la productividad.

Décadas después, aquella idea ha dejado de pertenecer únicamente al terreno de la filosofía política para convertirse también en objeto de análisis académico. Cada vez más estudios tratan de medir hasta qué punto factores como la renta, el empleo, la salud mental o la estabilidad vital influyen en la satisfacción de los ciudadanos, entre los que se encuentra la Red Universitaria de la Felicidad, una organización que reúne a una quincena de universidades, centros de investigación y empresas, cuyo objetivo es, precisamente, analizar cómo factores como el empleo, la renta, la salud o las políticas públicas influyen en la felicidad de la población, incorporando el bienestar subjetivo como una variable medible en el análisis del desarrollo.

Estabilidad

Así la relación entre la situación económica y el bienestar emocional aparece reflejada en datos medibles. El informe concluye que las personas con mayor estabilidad económica, empleos más seguros y mejores condiciones materiales presentan niveles significativamente más altos de bienestar subjetivo. En otras palabras, la felicidad no depende únicamente del dinero, pero la inseguridad económica sigue siendo uno de los principales obstáculos para lograr alcanzarla.

No obstante, el descenso de dicha ciudadana acumulado durante los últimos años evidencia la necesidad de profundizar en políticas públicas orientadas a proteger el bienestar emocional de la población y reducir los factores estructurales que generan malestar e incertidumbre.

Y es que los autores del estudio, Rafael Ravina-Ripoll, Mario Alberto Salazar-Altamirano, Sofía Blanco Moreno, Araceli Galiano Coronil, Orlando Josué Martínez y Luis Bayardo Tobar sostienen que «España alcanzará su verdadera estatura histórica cuando la felicidad deje de ser un anhelo romántico y se traduzca, para su ciudadanía, en una música compartida donde convivan democracia, capital inclusivo, prosperidad y sostenibilidad».

De esta manera, las brechas económicas continúan siendo el principal factor explicativo del bienestar –o de su ausencia– en la sociedad española. La situación económica personal y del hogar aparece como el predictor más determinante de la felicidad. Las personas con ingresos superiores a los 5.000 euros mensuales registran las cotas más elevadas de satisfacción vital, mientras que quienes valoran su situación económica como «buena» o «muy buena» muestran niveles de felicidad muy superiores a quienes la consideran negativa.

Las diferencias entre clases sociales también se mantienen de forma significativa. La clase alta y la clase media-alta presentan una percepción de bienestar claramente superiores a los de las clases bajas o en situación de vulnerabilidad. El informe destaca, además, que la percepción subjetiva de la economía pesa incluso más que la condición material objetiva. Es decir, sentir estabilidad, control y seguridad financiera influye de manera decisiva en la percepción de felicidad. También son más dichosos los propietarios de vivienda, aunque sea hipotecada, que los que viven de alquiler.

Sin embargo, los datos también muestran que la felicidad no responde únicamente a criterios de renta de forma lineal. Aunque el nivel de ingresos es un factor determinante, la percepción de estabilidad y bienestar relativo dentro de cada contexto territorial también influye de manera significativa. Ejemplo de ello es que Extremadura es la comunidad con mayores niveles medios de bienestar subjetivo, pese a situarse entre las regiones con menor renta del país. Eso sí, hay que tener en cuenta que en la región de suroeste peninsular la vivienda es notablemente más asequible, suelen contar con una menor presión hipotecaria y, por tanto, con menos estrés asociado a gastos fijos.

Tanto entre los extremeños que valoran positivamente como negativamente la situación económica de su territorio, la puntuación es ampliamente superior a la media, alcanzando los 8,37 y 8,36 puntos, respectivamente.

En el extremo opuesto se sitúan Cantabria, entre quienes consideran positiva la situación económica, con 6,79 puntos, y La Rioja, entre los que la valoran negativamente, con 6,88 puntos.

Por provincias, destacan Lérida, Burgos, Álava y Badajoz como los territorios más felices, con puntuaciones cercanas a 8,6, mientras que Lugo registra el nivel más bajo, con una media de 7 puntos.

El estudio también detecta diferencias ideológicas en la percepción de felicidad. Los ciudadanos que se identifican con posiciones liberales (entendidas como una menor preferencia por la intervención del Estado en la economía) presentan niveles ligeramente superiores de satisfacción vital respecto a quienes defienden un mayor intervencionismo público (7,85 frente a 7,79 puntos).

En materia fiscal, la investigación concluye que las personas más conscientes y responsables en el pago de impuestos tienden a mostrar más felicidad que aquellas con menor compromiso tributario. También el colectivo que considera que paga pocos impuestos se sitúa por encima de la media de felicidad nacional.

La investigación apunta, además, a un cambio cultural de fondo en la forma de entender el progreso. Durante décadas, la aspiración colectiva se vinculó al aumento del consumo. Sin embargo, los datos actuales sugieren que una parte creciente de la población prioriza el equilibrio vital, la salud mental y la seguridad frente a la mera acumulación material, eso sí, a partir de un cierto nivel de renta que les permita vivir de la manera más desahogada posible.

Perfil del ciudadano feliz

A partir de todos estos datos, los autores trazan el perfil sociodemográfico de la persona «más feliz» de España. Según el estudio, se trataría de una mujer de 75 años o más, residente en Extremadura, casada, que convive con su pareja e hijos, con estudios universitarios, ingresos superiores a los 5.000 euros mensuales y una percepción positiva de su situación económica. Además, sería católica practicante, de ideología liberal y conservadora, y consideraría que los impuestos se cobran de manera justa.

A tenor de lo expuesto, los expertos que firman el informe subrayan la necesidad de reducir la desigualdad económica, especialmente en hogares con menores ingresos o en situación de vulnerabilidad; fortalecer la cohesión territorial, garantizando un acceso equitativo a servicios públicos y oportunidades; diseñar políticas de bienestar emocional que integren salud mental, conciliación y apoyo comunitario, y reforzar la confianza ciudadana en las instituciones mediante transparencia y lucha contra el fraude.

En este contexto, también invita a reinterpretar el papel del Estado en la economía. Más allá de los indicadores tradicionales de crecimiento, la capacidad institucional para generar bienestar se ha convertido en un factor central de desarrollo. De hecho, el artículo 13 de la Constitución de 1812 ya establecía que «el objetivo del Gobierno es la felicidad de la Nación». Este legado histórico, pionero en su época, buscaba orientar la acción de los poderes públicos hacia el bien común, situando la felicidad como responsabilidad máxima del Estado, lo que demuestra que no se trata de un planteamiento, ni mucho menos, nuevo. Por tanto, no se trata únicamente de redistribuir renta, sino de reducir las incertidumbres asociadas a la pérdida de poder adquisitivo de los hogares, el encarecimiento de la vivienda y dificultades de acceso al alquiler, la precarización de los servicios públicos o la sensación de inseguridad sobre el futuro del sistema público de pensiones.

Lejos de los más felices

España se sitúa en una posición intermedia en el ranking mundial de felicidad, concretamente en el puesto 41 (de 140), lejos de los países líderes del norte de Europa o de Costa Rica, que se cuela en la cuarta posición. Así lo revelan los últimos datos del «World Happiness Report». Esta posición sugiere que el bienestar no depende únicamente del desarrollo económico, sino también de factores sociales, institucionales y emocionales. En las primeras posiciones de la clasificación se sitúan de forma recurrente países como Finlandia, Dinamarca, Islandia y Suecia. Estas naciones combinan altos niveles de ingresos con sistemas de bienestar sólidos, baja corrupción, confianza institucional y fuertes redes de apoyo social. Finlandia, en particular, ha encabezado el informe en varias ediciones consecutivas, consolidándose como el país con mayores niveles de felicidad declarada.

Economía de la felicidad

El análisis se enmarca dentro de la disciplina denominada Economía de la felicidad, una rama que estudia cómo las decisiones económicas, las políticas públicas y las condiciones materiales influyen en el bienestar y la satisfacción vital de las personas.

En ese contexto, la economía de la felicidad apunta a que indicadores como la renta no garantiza por sí sola una vida plena, y que la precariedad económica dificultan de manera evidente el bienestar emocional.

Por tanto, tener cubiertas las necesidades básicas, capacidad de ahorro y sensación de seguridad financiera son una condición previa para desarrollar otros aspectos con el bienestar. En definitiva, parece que, al contrario del axioma tradicional, el dinero sí da la felicidad.




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