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Estados Unidos, China y Rusia exploran una nueva diplomacia de coordinación triangular

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Abc.es 
El sucesivo desfile de Donald Trump y Vladímir Putin por Pekín ensalza a la corte de Xi Jinping como epicentro de la geopolítica global. Un apropiado escenario para un orden internacional en descomposición, en el que el multilateralismo deja paso a la fuerza como principio rector . También a la consolidación del eje que une la capital china con Washington y Moscú en un nuevo diálogo de superpotencias, una conversación de consecuencias globales. La visita del presidente estadounidense, la primera en nueve años, consolidó la tregua y anticipa un incremento de intercambios presenciales que podría facilitar un gran acuerdo estructural . El calendario sugiere que ambos líderes se verán hasta tres veces en otros tantos meses: quedan el viaje oficial de Xi a Estados Unidos programado para septiembre, el Foro Asia-Pacífico (APEC) de Shenzhen en noviembre y el G20 de Miami en diciembre. Eso, siempre que la tensión en Taiwán no dinamite la estabilidad recién alcanzada . El líder chino ya advirtió durante el encuentro que el territorio representa «el asunto más importante en las relaciones» y podría llegar a provocar un «conflicto». Trump, no obstante, ha desafiado estas amenazas mostrando su disposición a hablar con el presidente taiwanés William Lai Ching-te , hito insólito desde que en 1979 EE.UU. abandonara todo contacto con la isla para establecer relaciones diplomáticas con el régimen. El presidente ruso, por el contrario, es un huésped recurrente. No en vano, el de esta semana supuso su vigesimoquinto desplazamiento a China. Esta frecuencia refleja unos lazos sólidos, especialmente tras la proclamación de una «asociación sin límites» veinte días antes de la invasión de Ucrania en febrero de 2022, pero cada vez más asimétricos a favor del gigante asiático . Putin extendió asimismo una invitación para que su «viejo amigo» acuda a Rusia el año próximo. La Administración Biden había trazado junto a sus aliados una clara línea que, desde Taiwán hasta Ucrania pasando por Israel, dividía el mundo entre democracia y autoritarismo . Una separación emborronada por la diplomacia personal y agresiva de Trump, quien comanda la retirada de EE.UU. del orden mundial que su propio país creó y durante décadas ha liderado. Este concierto de grandes potencias propicia, por tanto, un acercamiento de EE.UU. y Rusia. Trump y Putin ya se citaron en Alaska en agosto de 2025 , la primera vez que el ruso pisaba suelo estadounidense en una década y también la primera cumbre desde el comienzo de la guerra en Ucrania, cuyo final trataron –sin éxito– de negociar. Ahora, el citado Foro APEC que Shenzhen acogerá el próximo mes de noviembre ofrece la perspectiva de una nueva reunión. «Creo que, si ambos líderes están en China, probablemente se crucen y mantengan algún tipo de encuentro», aseguraba este miércoles el asesor presidencial Yuri Ushakov en declaraciones recogidas por medios oficiales rusos. «Esto aún no se ha acordado pero, dado que existe esa posibilidad, es poco probable que alguien la rechace». La charla, de producirse, podría encontrar prolongación formal en el G20 de Miami. Al fin y al cabo, Rusia se cuenta entre los países miembros del organismo y como tal ha sido invitada, pese a que Putin no haya acudido presencialmente a estos eventos desde el celebrado en 2019 en Osaka. «Me parece bien, me llevo bien con los dos» , comentó este miércoles Trump al ser preguntado por el encuentro de Xi y Putin en Pekín. El triángulo Washington-Moscú-Pekín ha trazado el rumbo de la geopolítica global desde la segunda mitad del siglo XX. El Partido Comunista Chino que hoy dirige el gigante asiático surgió hace un siglo como filial soviética, y se impuso en la guerra civil gracias, entre otros motivos, al decidido apoyo de Stalin. Tras el conflicto, la URSS proporcionó capital, infraestructura y conocimiento, en una de las mayores transferencias de riqueza interestatales de la historia. La relación, sin embargo, acabó por agriarse. Mao acusaba a su otrora aliado de suavizar sus aspiraciones revolucionarias, en particular tras la muerte de Stalin y la crisis de los misiles en Cuba. EE.UU. aprovechó el contexto para arrinconar a la URSS, movimiento oficializado con la visita de Nixon a Pekín en 1972 que restableció los vínculos diplomáticos entre ambos países. En ese sentido, la Administración Trump trató de caracterizar la cumbre de Alaska como un 'Nixon a la inversa'. «Que Rusia quede convertida permanentemente en un socio menor de China, obligada a hacer todo lo que China le diga debido a su dependencia, no es un buen desenlace», afirmaba el secretario de Estado Marco Rubio el pasado mes de febrero en una entrevista con el portal 'Breitbart'. «Estaríamos hablando de dos potencias nucleares alineadas contra EE.UU», añadía. «Dentro de cinco o diez años, si esta tendencia continúa, podríamos encontrarnos en la situación de que Rusia, aunque quisiera mejorar sus relaciones con EE.UU., no podría hacerlo porque se habría vuelto completamente dependiente de China después de que nosotros la aisláramos».



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