El pucherazo como una de las bellas artes
En 'El asesinato como una de las bellas artes' sostenía Thomas de Quincey que un hombre que se permite un crimen deja luego de darle importancia a robar, después pasa a la bebida y termina faltando al precepto dominical y procrastinando las obligaciones cotidianas. Con su subversiva ironía británica apuntaba así que todo proceso de degradación moral empieza por restarle trascendencia a una infamia, momento a partir del que cualquier quebrantamiento del orden legal o ético puede quedar justificado en una función utilitaria. Por olvidar esa máxima, los socialistas españoles consintieron que Pedro Sánchez conservara su militancia tras intentar un pucherazo en el comité federal que acabó apeándolo del liderazgo por las bravas. Craso error. Su siguiente paso, como hoy...
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