El “proceso” secesionista desatado en Cataluña durante los últimos seis años ha generado una serie de actitudes con el objetivo de hacer frente a la invasión –tierra, mar, aire, prensa, radio, televisión, teatro, música, fachadas, carreteras, autopistas y calles- independentista. Tres han sido, grosso modo, con los matices que se quieran, las maneras que tienen los demócratas de enfrentarse al ataque viral. En primer lugar, la espiral del silencio o “yo me callo no sea que los familiares, amigos, compañeros de trabajo y cafetería o vecinos piensen que soy un españolista que va contra los intereses de Cataluña y los catalanes”. En segundo lugar, la reacción activa contra el “proceso” o “ya estoy harto de tanta propaganda, adoctrinamiento, ficción y engaño y salgo a la calle con la bandera, la pancarta y el himno españoles para que se enteren de una vez que somos más y estamos aquí -¡qué se creían!- dispuestos a plantar cara y defendernos”. En tercer lugar, el aburrimiento o hastío críticos que se defiende de la invasión por la vía de la indiferencia y la risa o “mira qué cosas tan raras dicen y ahí siguen como si fueran marcianos”.
Una mayoría de demócratas, después de la entronización de Pedro Sánchez, está generando anticuerpos; una especie –decía antes- de “aburrimiento o hastío críticos”. No hay para menos, si tenemos en cuenta ese mantra secesionista que sigue amenizando nuestra existencia: que si “el Rey debe disculparse por el discurso del 3 de octubre”, que si “los presos y exiliados políticos”, que si “la criminalización del derecho a la autodeterminación”, que si “otro 1 de octubre para hacer efectiva la República”, que si “pactar un referéndum”, que si el numerito del ofendido en Washington. El independentismo sigue en Marte y sólo pone pie en tierra para arremeter con desatino. A falta del PP y Mariano Rajoy lo hace contra la Corona y el Rey. Y persiste en la insensata escenificación de la comedia secesionista. Y vamos de la sorpresa a la risa. Pero, ¡ojo!