La peritonitis urbana del Centro de Guadalajara
Desde hace más de una década (sobre)vivo a tres cuadras del Palacio de Gobierno y de la Catedral tapatía. Soy el único morador estable en dos kilómetros al oriente de una calle que cierra con el Instituto Cultural Cabañas. En la vía pública, en cambio, cada día pernoctan más personas. Tan sólo en la acera de mi vivienda alguna vez conté diez sin techo.
En el tiempo que la habito los ladrones se han metido a mi casa en dos ocasiones y muchas más han intentado hacerlo. En el primer asalto me perdonaron la vida.
Vivo donde hace 70 años estaba la zona habitacional más codiciada y cara de Guadalajara. Hoy en día, en cambio, apenas comienza la noche es un desierto o algo peor si hay antros cerca: una cita con la muerte.
Entre la última semana de julio y la primera de agosto del año que corre 2018, los asaltantes se han metido en dos ocasiones a desmantelar una tienda de ropa a pocos metros de mi casa. Se llama ‘Zoy zólo yo’, apenas la inauguraron y ya la han saqueado de la forma más burda, perforando a pedradas las enormes vidrieras.
Que induzcan tales tropelías la complicidad de los cuerpos de seguridad con los delincuentes (la ‘Plaza’, le llaman a eso), es la última fase de un proceso que comenzó entre nosotros cuando se optó por inmolar la vieja Guadalajara a los automotores, abriendo avenidas y estacionamientos gigantescos en el corazón de la ciudad, ocasionando con ello la estampida de los propietarios de bienes raíces en el Centro para irse a las colonias, que entregaron lo suyo especuladores que desfiguraron la fisonomía arquitectónica de la zona fundacional de la ciudad con edificios de nulo valor estético y ahora resurgen mediante la gentrificación, que hace lo mismo construyendo enormes edificios de departamentos en los barrios y colonias dizque para repoblarlos con gente adinerada; la serpiente diabólica, empero, lo siguen siendo los desarrolladores de las zonas habitacionales, pues aprovechando los vacíos legales y la venalidad de los funcionarios públicos, que han consagrado a destruir de forma sistemática e implacable lo que aún queda del valle de Atemajac, es decir, de un hábitat que fue prodigioso pero que ahora, muy dañado se va convirtiendo en una peligrosa bomba de tiempo.
Apenas pasado el aniversario luctuoso 226 de fray Antonio Alcalde este 7 de agosto, que en 1771 arribó septuagenario a una Guadalajara con mala calidad de vida pero dedicó los restantes 20 años de su longeva existencia a ponerle remedio dando al pueblo vivienda, a los cabeza de familia trabajo, a los niños y jóvenes de ambos sexos educación y a todos salud y cultura, las autoridades municipales tienen ante sí el reto de alcanzar no inspirarse en el coloso cuyo nombre lleva ya el que puede ser el mejor Paseo de la ciudad y reanimador del municipio tapatío siempre y cuando quienes ahora redactan los contenidos del Plan Regulador del Polígono de Intervención Urbana Especial 6, tomen en cuenta los criterios no mercantilistas del frailes: humanismo y humanitarismo, máxime que a la vera del mismo quedarán los mejores ejemplos de las migajas del patrimonio edificado que aún puede presumir nuestra vandalizada metrópoli.
