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Ноябрь
2018

El ejército de salvación

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Hubo quienes tacharon la reforma a las leyes del IMSS y el ISSSTE de cierta premura desfasada e intransigente, incluso de usurera, hablando dentro del paranoico espectro de la polarización partidista que hoy parece perseguir toda opinión individual, sobre todo si se lanza en redes sociales. Entre los detractores de la reforma aprobada por el senado el pasado 6 de noviembre, parciales – ningún homosexual puede estar cuerdamente en contra de tales cambios –, flotaba la idea de que la prioridad debió ser anteponer el matrimonio igualitario como prioridad nacional, para luego hacer zoom a los detalles.

Tal reflexión me parece el remate del sketch más santurrón de Capulina, un berrinche solo para llevar la contraria partidista a quienes impulsaron la reforma, pertenecientes al bando morenista.

En mi opinión, egoísta y prejuiciosa como toda subjetividad, lo que más me entusiasmó de la reforma fue justo la osadía de brincarse el trámite de esa institución de moral rancia como el matrimonio para acceder a un derecho tan fundamental como los servicios de salud, con extensión a otros beneficios como la pensión.

Un guiño de progresismo auténtico que reconoce a las parejas más allá de los grilletes del contrato matrimonial, su juego de apariencias de lealtades, y de los reiterativos gimoteos LGBTTTI, al rebasar el arcoíris, me parece, se expone un verdadero ejercicio de diversidad en temas de derechos; guiño que lo más probable es que no haya surgido de una chispa anarquista pero me da igual.

Como he repetido en este espacio hasta lo abusivo, la calidad, cantidad o eficacia de los derechos no deberían depender de un jodido estado civil, tantos años de lucha y promiscuidad para terminar revolcando el mismo instinto de las solteronas de los años antes de Elvis Presley, en las que el desenvolvimiento no cuajaba sin un marido, me parece una misión kamikaze.

Para qué hacernos pendejos, con la igualdad ante la ley que representa el matrimonio también se esconde una intención de introducirnos al redil de normalización beata.

Hace poco, un buen amante de San Francisco me contaba cómo Castro, probablemente la calle gay más famosa del mundo, se está convirtiendo en la calle con más carriolas del mundo.

Atraídos por la postal de gays y lesbianas formando familias modernas amparadas en la bendición comercial y consumista de series como Modern Family, muchos heterosexuales con hijos candidatos al kínder garden se han mudado al barrio de Harvey Milk y los mostachos porno y las drags imprudentes y groseras para que sus pequeños crezcan en un medio ambiente real de diversidad y tolerancia.

Todo muy hippie y en principio, chido. Pero las familias no pueden ser tan liberales como aquella ilustración de La familia unida vive mejor de Robert Crumb, pues serían acusadas de irresponsables o degeneradas. Las familias heteros no salieron muy tolerantes a los escaparates de las sex shops y andan por ahí las primeras movilizaciones de padres de familia que quieren censurar las vitrinas de locales que se han ganado el título de históricos a punta de pecaminosos arneses, gorras de piel, dildos, pornografía homosexual y kilos de lubricante, como la Rock Hard Sex Shop, donde compré mi primer cockring de anatomía maniática y una cartera de piel que sigue encadenada a mi pretina hasta el día de hoy, o la Phantom Sex Shop, que parece minisúper de lubricantes anales y dildos del tamaño de un brazo de Hulk de la marca Colt, además de los poppers expuestos con el mismo orden y orgullo que un adolescente ñoño coleccionando cervezas gringas.

El amante me cuenta cómo los gays viejos apoyan a los dueños de la Rock Hard y Phantom diciéndole a los nuevos vecinos hetero: “Sí sabes a qué clase de barrio te has mudado, ¿verdad?”. Poco a poco, las tensiones morales van en educado aumento y, al parecer, los hetero cuentan con el apoyo de los padres gays que creen que toda esa mercancía que debe excitarlos en la intimidad de la habitación matrimonial es inadecuada para sus niños adoptados unos, o producto de los vientres de alquiler que, por cierto, empieza a dinamitar grietas entre homosexuales y feministas; a menos que esos homosexuales abracen la asexualidad o el celibato una vez convertidos a la paternidad. Se teme que la presión pueda orillar al cierre de éstos y otros locales de su tipo, puesto que además de tener ventaja, por todo el valor de la institución familiar, también tienen poder económico, son familias de alto poder adquisitivo, por lo que la idea de una gentrificación moral no suena descabellada.

Lo sostengo: el matrimonio entre hombres homosexuales implica el sometimiento de asfixiantes contradicciones capaces de poner nuestra coherencia y cordura en situaciones límite, además exhibe las aspiraciones y complejos frente a la hegemonía hetero y sus discursos de salvación. Como en el caso de Castro Street, salvarnos de la pornografía, aunque nadie se los haya pedido.

Twitter: @distorsiongay



stereowences@hotmail.com



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