El independentismo catalán, siempre victimista y dispuesto a aprovecharse del cuanto peor, mejor, ha conseguido su propósito de volver a ser el centro de atención de un país que asiste atónito a su escalada de desafíos y provocaciones. Lo que se nos ha escenificado como un bienintencionado deshielo entre Madrid y Barcelona ha acabado convirtiéndose en un "deshielo on the rocks", en una cumbre indeseable y una reunión de ministros en sede palaciega mientras en las calles se impide con barricadas la movilidad y el desarrollo de la vida diaria de una de las principales ciudades españolas. Lo que hoy se califica como violencia de baja intensidad ha impedido a miles de catalanes acceder a sus lugares de trabajo, en una clara muestra de que los independentistas violentos mueven el árbol para que otros independentistas de salón recojan los frutos.