Tiempo amarillo
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Me bajo en Grand Central y camino hasta el Cervantes. Al llegar escucho que la arpista está ensayando. Entro, me acerco y su marido al verme esperando a que acabe me pregunta qué quiero. Le cuento la historia y dice a su mujer que deje de tocar y le explica lo que ocurre. Cuando le enseño el recorte a la arpista se le ilumina la mirada. Sonríe. Es feliz.
Mientras escucho la música del arpa miro las manos de la arpista que tejen y destejen los hilos de la música, que a veces son pájaros, a veces lluvia, siempre gozosas chispas de luz, y pienso en Penélope tejiendo y destejiendo el tapiz, dando tiempo a la esperanza. Un arpegio me lleva de nuevo a las carpetas y a mi ciudad en tiempos de Navidad: portal de Belén de Zocodover, niebla perfumada como el incienso de Gaspar, viejecitas dulces con olor a colonia a granel, domingo aldeano y pueblerino haciendo y deshaciendo calle Ancha arriba, calle Ancha abajo, Zocodover: el punto de esperanza nublada. De pronto entro en un caserón del siglo XVII, en el obrador de Santo Tomé, escondido en un callejón medieval desde 1856, y me llega un sol que calienta mi vida, un círculo mágico artesano y natural, espiral luminosa que me lleva a mi infancia y a las fiestas de Navidad. Arropados en una caja donde duermen anguilas de mi niñez, de lomo nevado y ojo brillante, me encuentro con un pedazo de historia. Es un satélite en el que giran siete planetas de ensueño, un mundo que es uno de los mejores regalos que definen las fiestas de Navidad: bombones de seda, chocolates crujientes, fruta escarchada con niebla toledana, medias lunas de almendras, azúcar y miel, gozosas figuritas envueltas en piñones. Un universo que
me trae el recuerdo del barrio de Santo Tomé
, la mirada de mi madre y la emoción de haberme tocado el trozo de roscón de Reyes con la sorpresa.
Miro las manos de la arpista que tejen y destejen los hilos de la música, que a veces son pájaros, a veces lluvia, siempre gozosas chispas de luz
Salgo del acto y un frío denso me llega hasta el corazón. La ciudad está encendida con abetos fosforescidos, las calles adornadas con luces y guirnaldas, el Empire State es otro árbol gigante de piedra con las ventanas encendidas como adornos navideños, los bares llenos de jóvenes ejecutivos que, aun después del trabajo, siguen hablando de él, la vida que te empuja, las prisas por llegar y llegar tarde, el amor, un titular en un periódico, una foto y el olvido.
Al doblar la Tercera Avenida para llegar a Lexington y tomar el metro de regreso a casa, me llega el melancólico sonido de una armónica que toca una canción que nos desea «Merry Christmas and Happy New Year». Y, sorteando la gente que entra y sale de la estación y pensado en que pasado mañana será Nochebuena y que a un niño se le iluminará la mirada viendo una estrella que solo él ve, deseo a mis amigos, con este villancico del que espera, Felices Pascuas y Próspero Año Nuevo.
Mi alegría,
si tuviera,
este año te traería,
pero la nieve está fuera.
¿Qué es lo que te puedo dar?
Mi amor
también te daría,
llena de tanto dolor
tengo la vida vacía.
¿Qué es lo que te puedo dar?
Sólo me queda la espera
que te la puedo prestar,
bien sabes que yo quisiera
podértela regalar.
¿Mas qué hago yo sin espera
si estamos en Navidad?
