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Январь
2022

Guillermo del Toro: «Los monstruos me ayudaron a completar la idea del mundo»

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Abc.es 
Decía Friedrich Nietzsche que «la madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño». Como un Peter Pan sin mallas ni gorro pero unas cuantas dioptrías más, Guillermo del Toro (México, 1964) ronda los 60 años pero sigue viendo el mundo con los ojos de ese crío que prefirió rodearse de monstruos «para entender el cosmos», para descubrir que, más allá de lo que los adultos cuentan, «existía la oscuridad, la muerte, la vida en los márgenes de lo que era ‘bueno’ o lo que era ‘bonito’». Quizás por eso todavía conserva esa mirada única que le hace capaz de reinventar la historia de los vampiros, de fijarse en un superhéroe de Marvel antes de que Kevin Feige pusiera de moda la vertiente cinematográfica de la franquicia o encontrar hadas en ese laberinto de horror que fue la Guerra Civil española.





En su afán por dejar algo de su alma en cada película, Guillermo del Toro cambia a las bestias sobrenaturales que vertebran su filmografía por grandes estrellas de Hollywood en ‘El callejón de las almas perdidas’, que se aleja del ‘remake’ protagonizado por Tyrone Power en 1947 y bebe de la fuente original, la obra de William Lindsay Gresham, un escritor maldito que le descubrió el intérprete al que convirtió en Hellboy, Ron Pearlman. El resultado es una película sobre el destino y la humanidad, una oda al cine negro –que se estrena en España el próximo 21 de enero– donde el director mexicano convierte en pesadilla el manido sueño americano. Quizás, aunque solo se insinúe, algo le haya afectado el trumpismo.


Los actores Bradley Cooper, Cate Blanchett, Willem Dafoe, Rooney Mara o Toni Collette pasan sus demonios a través del filtro de ese niño grande capaz de hallar luz en los rincones más oscuros, de reír hablando de monstruos y ponerse serio haciéndolo de la vida. El prestigioso elenco acompaña al cineasta, que ganó el Oscar en 2017 por ‘La forma del agua’, para descubrir algo que él ya sabía desde pequeño: que el verdadero monstruo no es el que se esconde en el armario o debajo de la cama sino el que se encierra en nosotros mismos.



P - Imaginar a Martin Scorsese sin Robert de Niro o Leonardo DiCaprio es difícil, pero más raro resulta verle a usted rodeado de estrellas de cine, sin criaturas fantásticas. ¿De dónde viene esa fascinación por los monstruos que vertebra su filmografía?



R - Cuando era niño no lograba conciliar lo que los adultos decían que era la vida con lo que yo veía que era la vida, porque al contrario de lo que la mitología de los adultos dice, cuando eres niño percibes todo. Por eso los monstruos me ayudaron a completar la idea del mundo, la idea de que existía la oscuridad, la muerte, la vida en los márgenes de lo que era ‘bueno’ o lo que era ‘bonito’. Y eso me ayudó mucho a entender el cosmos. Fue vital para mí de una manera espiritualmente esencial.



P - Quizás por eso resulte todavía más sorprendente no encontrar bestias en ‘El callejón de las almas perdidas’, donde todos los monstruos son hombres, la tragedia es exclusivamente humana. ¿Responde ese giro de timón a un desencanto personal con el mundo?



R - Creo que cada película viene de un momento de reflexión que retrata la relación que tengo con el mundo. ‘La forma del agua’ (2017) salió de una urgencia de hablar de la otroriedad, del amor, de la necesidad de permitirnos ser imperfectos. ‘La cumbre escarlata’ (‘Crimson Peak’, 2015) responde casi a los mismos impulsos. Esta película, en cambio, viene de una atmósfera, de un momento bastante existencial, bastante cargado de ansiedad que siento en el aire. Viene un poco de esta idea de cómo nos mentimos los unos a los otros y la capacidad casi infinita de crueldad que tenemos de manera instantánea.



P - Y ahí entró en juego Ron Pearlman, con una propuesta y la novela de William Lindsay Gresham.



R - La única manera en la que pensé que era apto retratarlo era a través de esa novela que he admirado desde principios de los noventa, cuando la leí. La he querido adaptar desde entonces, tenía la curiosidad. Ahora, después de ‘La forma del agua’, era perfecta, una apuesta que estaba preparado para hacer. No es una película fácil o amigable, pero es una película que me parecía urgente.



P - Con la política de la cancelación, las redes sociales... cualquiera diría que en la actualidad existe cierta obsesión por convertir a la sociedad en monstruos. ¿De ahí la urgencia?



R - Creo que va más allá de todo eso, eso es lo que me parece aterrador. Está en la arena de lo político, en la arena de lo social y está en la arena de lo íntimo, de lo espiritual. La manera en que el carnaval [la primera parte de la película se desarrolla en uno] funciona es brutal, pero honestamente brutal; sin embargo, en la ciudad [donde trascurre la segunda parte del filme] lo hace de forma deshonestamente brutal. No creo que esté en un solo estadío del ser humano ahorita, está permeando todo. Hay una desarticulación profunda de la verdad y la mentira, que es parte esencial de la dialéctica que tenemos como humanos. Creo que va más allá de encauzarse en una sola cosa; es un sentimiento. La película está rodada y planificada como una suerte de pesadilla que fluye… O sea, si tú te fijas en la película el personaje de Bradley Cooper despierta constantemente a nuevas realidades, literalmente, despierta de un sueño y está en otra realidad. Aunque no hay elementos fantásticos, la atmósfera de la película es bastante sobrenatural en cierta forma.



P - Más que una pesadilla muy real, que también, casi parece el reverso oscuro del sueño americano. La ambición como motor, pero también como lastre.



R - Si hablamos de las muchas vertientes humanas que existen en este momento, a nivel ontológico es interesante para mí la de la insaciabilidad. Nunca tener suficiente. Por eso es tan aterrador y tan conmovedor para mí seguir a un personaje que empieza con nada y, literalmente, aspira a un techo y a un poco de comida y no para hasta que termina en un círculo perfecto –la película está plagada visualmente de círculos– y frente a un espejo, que es otro símbolo que usamos recurrentemente, un espejo oscuro en el que se ve reflejado a sí mismo y dice «Ah, esto soy yo». Porque el éxito nunca le parece genuino, nunca le parece suficiente. Un personaje de la película, Pete (David Strathairn), le dice al protagonista: «Si estás roto por dentro, nunca va a ser suficiente». Y es un personaje roto, destruido. Es para mí muy conmovedor ver al protagonista tratar de pertenecer al mito del sueño americano y no poder hacerlo.



P - Aquí recurre al film noir, al cine negro, para expresar un horror real. ¿Por qué se decantó por este género?



R - Mi idea no era debutar con ‘Cronos’ sino con una novela de cine negro mexicana que se llamaba ‘No habrá final feliz’. La traté de adaptar y pensaba que iba a ser mi primera película. También sentía mucha atracción por el género de literatura negra mediterránea: el italiano, Andreu Martín en Barcelona... Me gustan muchísimo Hammett, Chandler, Hadley Chase, Cornell Woolrich. Esa literatura siempre ha tenido esa constante atracción en mí. ‘El callejón de las almas perdidas’ lo leí en el 92 o 93 a petición de Ron Pearlman y quería adaptarlo desde entonces.



P - En realidad, son dos géneros que se parecen mucho.



R - Me parece muy cercano visualmente este tipo de cine al cine de horror, es un cine que viene de la impronta del expresionismo alemán, que tiene la misma carga moral que el cine de horror, la misma carga espiritual, pero es mucho más existencial, porque lo inexorable en el cine negro viene de las decisiones del humano. Es inexorable solo porque no podemos alterar nuestra naturaleza. Eso es lo que es muy atractivo para mí, que el horror viene de ahí.



P - Si sus películas son un reflejo del pulso del mundo, ¿hacia dónde se dirige ahora con ‘Pinocho’? ¿Ha alcanzado la droga de la nostalgia, de volver al pasado, también a Guillermo del Toro?



R - Las películas que yo hago siempre tienen un aire de melancolía o de pérdida (ríe). Todas, todas, hasta una película tan comercial como ‘Blade II’ (vuelve a reír) tiene una carga melancólica curiosa. Creo que desde ‘La cumbre escarlata’ en adelante tengo una tendencia mucho más desilusionada o existencial, algo que para mí siempre ha estado cifrado en los mitos duales de Pinocho y Frankenstein, que interpreto como dos caras de la misma moneda. Para allá voy, y creo que hay en Pinocho una mezcla de ternura y de melancolía y pérdida que siempre ha estado para mí en esa mitología desde niño, pero que ahora puedo articular con la película.



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