El mundo y el cine escondidos en el sabor de una cereza
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Aunque se suele tener una idea preconcebida, un prejuicio, sobre el cine iraní por su narrativa premiosa, su temática diminuta o su tono flemático, la realidad es que, puesto uno a verlo y analizarlo, se descubre que es de una variedad infinita y de una precisión asombrosa en lo emocional y en lo minucioso y claro de su discurso. Una paleta cromática enorme, y que abarca desde las primeras gigantescas miniaturas de Kiarostami, como ‘¿Dónde está la casa de mi amigo?’ o ‘A través de los olivos’, hasta ese modelo reciente de thriller de acción que es ‘La Ley de Teherán’, de Saeed Roustaye. O desde ese cine casero, de arresto domiciliario de Jafar Panahi en ‘Esto no es una película’, un siniestro selfie durante su condena, a ese neorrealismo a cámara abierta de Asghar Farhadi en su última gran película, ‘Un héroe’.
Una gran variedad de asuntos, miradas y temáticas pero que suele ser muy permeable a la situación de la mujer y de la infancia, desde aquel emotivo ‘El círculo’, de Panahi, a los niños de Shamira y Hana Makhmalbaf en títulos como ‘La manzana’, ‘La pizarra’ o ‘Buda explotó por vergüenza’, o la reciente ‘El perdón’, de Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha, un trasluz al amasijo de drama, dilemas éticos y rancias tradiciones.
No son buenos tiempos (ni lo han sido, ni probablemente lo serán) para los directores de cine iraní, que han de compaginar su talento con el del escondite y el trile, como el castigado Panahi que ha llegado a sacar de su país una película en un USB y dentro de una tarta. La buena noticia es que tienen demostrado que ese talento cinematográfico no afloja con la asfixia de un cinturón prieto y que sus películas, nada por aquí, nadie por allá, siguen asombrando al mundo.
