Dice el periodista Manuel Ventero que «no necesariamente» se considera monárquico. «Solo soy un ciudadano dispuesto a reconocer y celebrar -cuando ocurre- la gestión acertada de los intereses generales y de las amenazas que se ciernen sobre el Estado de derecho, que no son pocas», explica. Esta predisposición, una reflexión -«¿qué somos y cómo hemos llegado hasta aquí?»- y su voluntad de «contribuir a aclarar las competencias y limitaciones de un Rey parlamentario » fueron el germen de 'Felipe VI ¿Qué significa reinar sin gobernar?' (Almuzara) , donde recuerda que el Rey «no tiene competencias ejecutivas» y que «en la monarquía parlamentaria, la única compatible con la democracia», las funciones arbitrales y moderadoras que la Constitución asigna a Felipe VI «se satisfacen al margen de la refriega política» . —La polarización social aumenta a causa de la clase política y los españoles piden intervenciones a la jefatura del Estado que el Rey no puede realizar. Esta demanda ha sido más fuerte tras la ley de amnistía, la financiación singular para Cataluña, la intervención del Gobierno en el Poder Judicial, el cuestionamiento del Ejecutivo a los medios de comunicación… ¿Qué puede hacer un Rey neutral ante esta situación? —El Rey parlamentario es un Rey neutral pero no un convidado de piedra. Está desposeído de la potestas de los 'viejos' reyes; pero cuenta a cambio con una eminente auctoritas . La figura del Rey, siendo su capacidad limitada, resulta hoy más valiosa que nunca, gracias justamente a que su 'teatro de operaciones' se sitúa fuera de la contienda partidaria y ha de desempeñarse, indefectiblemente, de manera discreta. A cambio requiere, de parte de todos, lealtad y confianza. —¿Cómo se rebate que el jefe del Estado, símbolo de unidad y consenso, no pueda hacer nada ante situaciones en las que los españoles le demandan que dé un golpe sobre la mesa? —La labor del Rey parlamentario es determinante pero su manera de actuar es muy diferente a la que ha caracterizado a estadios anteriores de la institución. El ejercicio de la moderación se concreta en una escrupulosa tarea de animar, advertir y aconsejar. Y hablando de golpes, Juan Carlos I enfrentó un golpe de Estado con el uniforme militar. Treinta y seis años después, Felipe VI hizo lo propio vestido de civil. Es otra España. —¿Contribuye el Gobierno actual a debilitar la figura de Felipe VI? —La relación entre la jefatura del Gobierno y la del Estado exige un exquisito tacto a ambas partes. Ni el Rey puede expresar opinión alguna sobre el quehacer del Gobierno, ni el Gobierno puede impedir que el Rey ejerza su competencia de moderación y su capacidad de influencia. —El Rey realizó una gira por los bálticos sin la compañía de ningún ministro, ¿cómo califica la relación entre Moncloa y Zarzuela? —Son varios los viajes internacionales que el Rey ha realizado en representación de España sin la compañía de un ministro de jornada. Esta decisión del Gobierno, al margen de un desdén no exento de mensaje, desdibuja la obligación de refrendo que corresponde al Ejecutivo en relación con todos y cada uno de los actos del Monarca. —Da la sensación de que en el último año la Familia Real ha estado más presente y abierta a los españoles. —La agenda de la Familia Real, incluida Doña Sofía, es literalmente agotadora. Y la más clara prueba de aproximación y cercanía está en sus visitas recurrentes a los damnificados por las inundaciones en Valencia. El Rey es símbolo de los mejores valores que consagra la Constitución. —En su libro aparece una foto del Rey en Paiporta. ¿Marcó ese día un antes y un después en la percepción que tienen los españoles de la figura de los Reyes y de la Corona? —Viajaron al epicentro de la tragedia de la dana, desnudos de protocolo y ceremonial, y experimentaron momentos muy duros. Pero mantuvieron la compostura y empatizaron con las víctimas de la tragedia y la incompetencia. Se trataba de acompañar, escuchar y dar consuelo. Resultaron moralmente útiles. —Reflexiona sobre el estado de la democracia en 2024, ¿qué puede hacer el Rey para frenar el deterioro de las instituciones y ese «afán de la clase política por dividir a los españoles»? —El deber del Rey es informarse de los temas de Estado, formar su propio criterio y aconsejar y advertir después. Y es deber del Gobierno, por su parte, escuchar sus opiniones, evitando colocar al Monarca ante una situación de hechos consumados. Cierto es también que, si ante una decisión importante el Rey contó con la información necesaria; si se consultó su parecer como jefe de Estado; si se escuchó su consejo, se observaron sus reservas y se valoraron sus recelos… Si todo ello ocurrió, en ese lugar y en ese instante concluyó la misión del rey. Porque ahí acaba la competencia de un rey democrático, cuya fuerza está en la auctoritas y cuya mejor legitimidad ha de buscarse en el desempeño ejemplar de sus funciones y en la utilidad de sus actos. —Los datos de las encuestas reflejan el deterioro de la democracia en España. ¿Puede Felipe VI hacer algo para revertirlos? —El Eurobarómetro arroja en los últimos años resultados desoladores : un 90 % de los españoles desconfía de los partidos políticos, un 78 % del Congreso de los Diputados y un 73 % del Gobierno. Más aún, la mitad de los encuestados (51 %) recela de la Justicia y el 70 % de la prensa. La democracia no se compra ni se instala sin más entre nosotros, para siempre. Es un concepto vulnerable al paso del tiempo y al ejercicio del poder. Por ello es determinante preservar y proteger las instituciones ; tanto como promover la conciencia, el compromiso social y personal de los ciudadanos, la participación