A las 18:07 de la tarde, todas las miradas se dirigieron al cielo sobre la Capilla Sixtina. Desde la chimenea instalada en su techo comenzó a elevarse una columna de humo blanco, clara y densa. No hacía falta confirmación alguna: era la señal inequívoca de que el cónclave había terminado.
Fumata blanca: la Iglesia Católica tenía nuevo Papa.
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