En esto de la pradera de San Isidro hay todo un alarde del color, pese a que la mañana amaneció clarín, que decía el poeta. Gris y fría contra lo que va diciendo el calendario. Mucha ilusión para muchos participantes que se iban arracimando, tarde, conforme los modelos del móvil le daban menos precipitaciones y eso. Como siempre y como todos los años, el sitio donde la pradera se curva y permite que lleguen los aromas de carnaza y demás. Toda esa parte de Madrid traía aromas de hambre de carne, y verdad de vecinos: los del Madrid más castizos. Sonaban los ritmos de no sólo de ronda; también los sonidos de pasodoble. María José, cuando se pasó del reguetón...
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