Cuando Sánchez caiga, la mayoría electoral alternativa deberá exigir a su sucesor que corrija los abusos de este período. Eso no significa sólo revocar su más polémico ordenamiento legislativo –lo que se ha dado en llamar la derogación del sanchismo – sino devolver el funcionamiento institucional a las reglas convencionales del juego limpio. Es decir, renunciar al ejercicio de una hegemonía sectaria que desborde los principios constitucionales, colonice el sector público con familiares o amigos o polarice la esfera política con un enfrentamiento paroxístico, y regresar al marco de higiene y transparencia abandonado durante esta etapa de cesarismo, opacidad, corrupción y desafuero jurídico. En otras palabras, cerrar este capítulo de poder autoritario para abrir otro distinto donde los ciudadanos y...
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