Discutir las narrativas sobre la migración
Desde hace ya un tiempo, organismos internacionales como las oficinas especializadas de Naciones Unidas han venido alertando sobre el tono cada vez más hostil de las narrativas sobre la migración en distintas partes del mundo. Estas no solo configuran una mirada incompleta y por lo tanto equivocada del fenómeno migratorio, sino que además alimentan prejuicios, divisiones y, en no pocos casos, violencia. Se repiten patrones: culpar a los migrantes de problemas preexistentes -como el colapso de sistemas públicos o la escasez de empleo-, responsabilizarlos erróneamente del deterioro de la seguridad, y adjudicar a comunidades enteras delitos cometidos por individuos o pequeños grupos de individuos. Lo preocupante no es solo lo que estas narrativas dicen, sino que omiten las verdaderas causas de los problemas sociales.
Ahora bien, tampoco se trata de idealizar la migración. Es un fenómeno complejo, muchas veces caótico, que puede generar tensiones y conflictos, especialmente cuando involucra a grupos provenientes de contextos culturales distintos. Pero ese precisamente es el desafío de una sociedad democrática madura y de sus instituciones: abordar las tensiones desde el análisis racional y desde ahí a la política pública, no desde el miedo ni el oportunismo electoral. La tarea de gobiernos, partidos y medios de comunicación podría ser canalizar estas dificultades hacia soluciones razonables, no agravar la crispación social con discursos que simplifican y estigmatizan.
En este sentido, hay promesas que ningún liderazgo político serio podría hacer. Una de ellas es “detener” la migración. No solo porque la movilidad es inherente a la historia de la humanidad y a su propia supervivencia como especie, sino porque estamos en la era donde más personas migran, por razones múltiples: guerras, crisis climática, pobreza, persecución. Otra promesa igualmente vacía es “revertir” la migración: los grupos que llegan tienden a establecerse, a arraigarse, a construir vínculos. Si hay algo especialmente pernicioso en este tiempo son las promesas políticas basadas en fantasías.
La migración genera dificultades, sin duda. Pero también abre posibilidades: aporta dinamismo económico, diversidad cultural, fuerza laboral y vitalidad demográfica. Ambas caras deben ser reconocidas si queremos enfrentar este fenómeno de forma seria. Discutir las narrativas imperantes es especialmente necesario, porque de cómo contemos la migración depende, en parte no menor, de cómo aprendemos a vivir juntos en una sociedad que ya es diversa y que seguirá siéndolo.
