Apareció Sánchez en el hemiciclo como aparece un adolescente por el salón de casa tras haber llegado tarde y con tres suspensos en el bolsillo, fingiendo que no pasa nada, sonriendo a un punto fijo en el cielo como los niños de los libros de religión y sobreactuando esa pose de inocencia que la vida reserva a los culpables. El presidente estaba moreno; pero no era un moreno Doñana ni un moreno La Mareta sino más bien un moreno-Moncloa, un moreno de la carretera de La Coruña, un moreno de haberse pasado el domingo tomando el sol en los jardines de su palacio tras haber hecho una paella a los amigos y contarles que, según José Luis, si no lleva...
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