Ábalos me despierta cierta ternura . No la que despierta un cachorrito o un bebé (alguno), no es eso. Es más bien esa otra ternura extraña que se solapa con algo de lastimica y un chin de repelús. La de ver a un Alfredo Landa, es un poner, bajito y abiertamente poco agraciado, con el pechete peludo y el meyba ajustado, sintiéndose sexy en la playa. Me da cosica verle ahí, traicionado. Humanizado de golpe a fuerza de abandono y desolación. Teniendo que asumir, de pronto, que no era más que un cargo instrumental, un amigo instrumental, un amante instrumental, una mano derecha instrumental. Que ni el PSOE lo tenía por un miembro indispensable, ni la banda del Peugeot 407...
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