Cuando el 24 de junio llega a su fin, Alicante mira al cielo. La ciudad contiene la respiración, expectante, mientras se apagan las luces del castillo de Santa Bárbara. Entonces, un único disparo surca el aire y se abre como una flor blanca suspendida en la oscuridad: es la Palmera, la más simbólica de las expresiones pirotécnicas de la noche de la Cremà. Lo que muchos no saben es que, detrás de esos 18 segundos de luz, hay meses de trabajo, tradición familiar y uno de los secretos mejor guardados de la pirotecnia española.