La gente tiende a confundir el calor con el verano, que es como confundir el agua con el mar o la noche con el sueño. Es por eso que hay quien odia el verano con la fuerza con la que se odia el sudor, aunque a estas alturas yo podría defender incluso la canícula pegajosa de los días largos, cuando el cuerpo pesa y transpira y la vida se aplatana y hay que levantarla con el pulso del espíritu, que es el pulso que los felices le están echando a los tristes. Es el pulso que ganó aquel viejo croata que no hace tanto se bañaba con muletas en las playas de Korcula, tan estoico en su hedonismo, con la...
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