Pocas ventas en Sevilla pueden decir que han construido su identidad con apenas cuatro guisos y un par de entrantes. Y todavía menos pueden presumir de que, medio siglo después, esa misma fórmula siga llenando comedores. Venta Los Conejos, en Mairena del Alcor , es una de esas rarezas felices: una casa de comidas que ha hecho del conejo su bandera y de la sencillez su manera de estar en el mundo. En Mairena del Alcor, ese sitio existe desde 1968, cuando Vicente López y Dominga León levantaron una venta en mitad de un camino de tierra, sin luz ni agua, y empezaron a cocinar para soldados, vecinos y curiosos. Aquella cocina humilde tomó forma definitiva cuando unos pescadores trajeron dos conejos y Dominga los guisó con vino blanco, ajo, guindilla y laurel. Desde entonces, l a historia de Los Conejos se escribe con cucharas profundas . Por allí han pasado generaciones enteras, artistas flamencos, toreros, periodistas, familiares, curiosos y viajeros. Y también han pasado 56 años de vida profesional de Curro López, que en 2024 dijo «hasta aquí» sin aspavientos, cediendo el testigo a quien llevaba tiempo preparándose para continuar este legado. El relevo lo ha tomado Gonzalo Mancera , cocinero alcalareño formado en restaurantes de toda la provincia y propietario de Gastrogon. Su vínculo con la venta viene de niño: domingos en familia, arroz con conejo después de la Primera Comunión, juegos en la terraza, los camareros de siempre, las paredes repletas de fotos y esa extraña sensación de entrar a un lugar que no cambia, porque no lo necesita. Cuando Curro anunció su jubilación, la venta no se traspasó como un negocio al uso: se entregó como un legado. Mancera estuvo un año trabajando dentro, aprendiendo cada gesto, cada proveedor, cada tiempo de cocción. Pepi Jiménez, esposa de Curro y guardiana de las recetas, fue la encargada de enseñarle cómo se guisa el conejo «como se ha hecho siempre»: en peroles de diez en diez, con la misma mezcla de ingredientes y el mismo rigor en la técnica. También asumió a todo el equipo, incluidas figuras históricas como Ramón Marín, más de cuarenta años en la casa. Para Gonzalo, mantener Las Conejos intacta no es un gesto de nostalgia: es un acto de respeto. El ritual empieza antes de pedir. En la mesa te espera media telera de pan de Pepe de Viviana —un pan de pueblo de medio kilo— y un plato de aceitunas aliñadas con dientes de ajo. Es la bienvenida de siempre, la que marca el tempo del lugar. Luego llega la carta: corta, directa y sin dobleces. La ensalada y el tomate aliñado abren la mesa . Después viene el universo del conejo: el guiso en salsa que sigue siendo la base de todo; el c onejo con arroz , hecho con marisma de Doñana y ese punto que se pasa lo justo, como se ha hecho en las ventas; el conejo metido en tomate , que pide pan sin pudor; y el que va al ajillo, con su golpe de laurel, vino y guindilla. Todo sale del mismo perol y luego se transforma, como se ha hecho aquí durante más de cinco décadas. A esa tradición se suman dos aportaciones nuevas que Gonzalo ha incorporado sin alterar la filosofía del sitio: las croquetas de conejo, de sabor profundo y textura cremosa, y una c azuela de judiones con conejo que encaja con naturalidad en la mesa del fin de semana. Hay también huevos fritos con patatas, revueltos, filetes de lomo o pollo, lagrimitas y otras elaboraciones clásicas que siempre han estado ahí para los que, por lo que sea, no «vienen a conejo». La telera pide su propio protagonismo y acompaña platos como los tomates con melva, el revuelto con chorizo, la fuente de patatas fritas hechas con agria —crujientes fuera y tiernas dentro— o el huevo frito con su puntilla. El postre conserva otro tesoro de las ventas de carretera: el pijama. Melocotón y piña en almíbar, flan, tocino de cielo y nata , todo junto en un plato que es memoria pura. También hay crema tostada, poleá y las copitas de licor con napolitana s que Curro siempre regalaba «para endulzar el camino». La cerveza, litrona de toda la vida. Y el precio medio, igual de resistente al paso del tiempo: entre 20 y 30 euros por persona. Quien entra por primera vez descubre un universo visual que impresiona: paredes alicatadas hasta media altura, c uadros por todas partes, retratos de artistas, toreros y parroquianos ilustres, recuerdos taurinos, cabezas de astados y un burladero convertido en mueble para la televisión. En la terraza, un Quijote hecho con piezas de desguace vigila las mesas familiares. Los manteles de cuadros verdes y blancos, las mesas de camilla con brasero en invierno, los salones enormes y la barra con azulejos antiguos forman parte de esa estética que no se construye: se hereda. Es un espacio que ha crecido sin perder su ADN. Hoy tiene tres salones, terraza con zona infantil, aparcamiento propio y capacidad para más de 250 personas. Y aun así, conserva ese aire de lugar sin prisa, donde la gente se conoce por el nombre y donde las comandas se apuntan con rotulador en el papel que cubre la mesa. Desde agosto de 2024, Venta Los Conejos sigue latiendo con Gonzalo Mancera al frente, pero con Curro y su equipo como sombra amable y memoria viva. La cocina es la misma, la carta la misma y el espíritu también: autenticidad, cercanía y una manera de guisar que no se enseña en las escuelas. Muchos lugares intentan parecer «auténticos»; pocos lo son de verdad. Los Conejos no pretende nada: simplemente continúa siendo lo que ha sido siempre. Y quizá por eso sigue teniendo esa fuerza magnética que hace que los sevillanos conduzcan hasta allí desde hace más de medio siglo. Porque en esta venta de Mairena del Alcor no se va a comer conejo: se va a entender por qué comer conejo aquí es otra cosa.