El cielo estaba bajo sobre una Roma sombría y resentida. Los altavoces difundían las notas del 'Réquiem' de Mozart. Desfilábamos en un silencio marcado por los eslóganes bajo las ventanas cerradas de la Embajada, en la plaza de España, vigilada por un doble cordón policial. Debía de ser el primer o segundo sábado de octubre de 1975. El franquismo se llevaba por delante a sus últimas víctimas: tres militantes del FRAP, el frente marxista revolucionario , y dos de ETA, la organización terrorista vasca, acababan de ser condenados a muerte y ejecutados. Según los historiadores, quizás el dictador, agonizante al igual que su régimen, ya no era consciente de lo que ocurría a su alrededor. Un final shakespeariano para un...
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