Todos los seres humanos padecemos obsesiones. En el caso de los creadores, forma parte de su cometido, y no hay pintor, músico o escritor, que no esté obsesionado con lo que está llevando a cabo. De no ser así, nadie terminaría una novela, un cuadro o una sinfonía. Los políticos también suelen caer en la obsesión y, en ocasiones, les surgen obsesiones sobre un determinado contrincante político. Si el político es una persona equilibrada, esa obsesión disminuye con el tiempo, e incluso puede desaparecer por completo. Ahora bien, si el político padece una soberbia desmedida –y entra en ese estado patológico, donde cualquiera que no acate, piense como él o peor aún, le critique, es considerado un enemigo– el contrincante...
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