Me acuerdo, en estos días de noviembre preñados de oscuros presagios, del poeta Leopoldo de Luis , que nos dejó hace ahora veinte años y sigue creciendo en mi memoria, con estatura de muerto, como crecía Miguel Hernández, tan alto como su ausencia, en la memoria del propio Leopoldo de Luis. Lo vi morir ante mis propios ojos, como a un pájaro breve que se queda sin alas, en compañía de su hijo Jaime Urrutia, en una habitación de hospital donde no hacía sino recordar a su difunta esposa, que lo había dejado, además de viudo, huérfano y mutilado, con el corazón convertido en una casa deshabitada. A Leopoldo de Luis se le podrían dedicar aquellos versos memorables que él...
Ver Más