Algo de lírica centrifugadora tiene la plaza de Lavapiés. Ahí gira todo Madrid, alcalde, y ahí todo suena a algo, a veces a rumba, a veces a ópera, otras a bronca vecinal, en medio de un olor promiscuo de curry y fritanga. Los bancos de hierro dan sitio a los jubilados, que se sientan como si ocuparan un pueblo manchego, mientras, en torno los chavales vienen y van, fumando con la indiferencia, casi mística, del que ya ha visto todo, pero en TikTok. Los bares están de guardia siempre, como farmacias. Ahí se venden golosinas, allí callos, y en cualquier sitio cerveza fría, que es la lengua universal de una plaza donde gastan muchos idiomas. Antaño, Lavapiés fue barrio de...
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