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Ноябрь
2025

España en marcha

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Abc.es 
Si con la proclamación de Juan Carlos I hace cincuenta años dio comienzo la Transición, un periodo histórico cerrado en 1982, del medio siglo transcurrido desde entonces puede señalarse algo más subrepticio: que España sigue en transición. Como si aquel proceso político hubiera concluido sin que el país terminara de concluirse a sí mismo; como si la democracia nacida entonces no fuera una reliquia de museo a preservar, sino una obra todavía en marcha : un proyecto que, por definición, nunca acaba de alcanzarse del todo. Aquella mañana de noviembre dio comienzo un curso acelerado de convivencia, una escuela de urbanidad democrática en que los españoles aprendimos a disentir. Ya no había unanimidades de cartón piedra, sino algo parecido al diálogo entre viejos amigos que se enfadan y luego se felicitan el santo. Es fácil, vencidos por la tibieza amable de la nostalgia, tomar por liturgia del consenso lo que fue, en puridad, el logro arduo y trabajoso de la concordia. En la práctica, el consenso no suele ser sino la forma cortesana del silencio, un fingimiento de sobremesa en que nadie discute y todos miran el reloj; la concordia, en cambio, exige una medida más alta, un orden de entendimiento que no depende del humor ni del agravio. Igual que en el almuerzo familiar uno discute con el cuñado pero se guarda de volcar la sopera o de hacer añicos la loza, la concordia exige mantener las formas pero no rehuir el conflicto; antes bien, se guarda de la complacencia burocrática que quisiera abolirlo por decreto. También la Corona ha recorrido su particular tránsito desde que Juan Carlos accediese al trono. Ha sido una de esas mudanzas discretas –como la de quien cambia muebles sin despertar al vecino, aunque el vecino lleve cuarenta años durmiendo a pierna suelta– que la ha llevado del privilegio a la medida común. Si Felipe VI ha impuesto el rigor de la transparencia, la Reina Letizia ha dado a la institución ese tono laborioso que distingue a las democracias que madrugan: menos boato y más oficio, menos corte y más agenda. ¿Qué ejemplo más significativo de este cambio que la Princesa Leonor, educada sin afectación ni aire de tragedia calderoniana? La monarquía, que en otro tiempo vivió del relumbre de los uniformes, se acomoda ahora en la disciplina callada de la costumbre democrática; lo épico es hoy mantener la corona en su sitio mientras se cita a Hannah Arendt ante un auditorio de tecnócratas en Bruselas. Que la Corona funcione hoy como una institución fiable y previsible prueba que hemos aprendido a no confundir la templanza con la falta de carácter. Quizá sea en esa pérdida de mito donde se advierta el signo más adusto de un país que prefiere justificarse por su compostura antes que por su leyenda. ¿Es posible alcanzar una cierta madurez institucional sin la confianza en que los propios cimientos se pueden corregir sin derrumbarse? Freedom House y 'The Economist' mantienen a España entre las democracias plenas, y V-Dem la sitúa en el pelotón de cabeza de la calidad democrática. Quien aún hable de anomalía española deberá señalar aquello que los indicadores globales no ven. Hora es de ajustar cuentas con una vieja superstición nacional. También en democracia hemos caído en el excepcionalismo, quién sabe si para fustigarnos o para presumirnos únicos. El problema es que un país que no se respeta difícilmente se corrige. El autodesprecio engendra mala política y peor ciudadanía, porque la imagen que un pueblo guarda de sí mismo termina por obrar como destino, a la manera de una profecía autocumplida. ¿No observó Santayana que los Estados Unidos se llamaban tierra de libertad cuando aún mantenían esclavos? Pues España ha entablado durante décadas un reiterativo psicoanálisis nacional en que cada crisis venía a ratificar una culpa de origen. Qué le vamos a hacer si los hechos, menos dramáticos que nuestras jeremiadas, evidencian una mezcla de bienestar, derechos consolidados, rutina democrática y pluralismo. No habitamos una tragedia, sino una normalidad imperfecta, aunque sigamos buscando en el espejo alguna sombra que nos devuelva el aire de rareza. Quien esto firma nació el mismo año que España firmó el tratado de adhesión a la CEE. Intuyo que aquellos que echamos los dientes en un país integrado en Europa solo podemos mirar con extrañeza algunas querellas heredadas. La épica nacional ya no estaba en Flandes, sino donde nos llevara la beca Erasmus o en cualquier destino del Interrail en que el café costara menos que el billete. ¿Acaso mi generación será la encargada de jubilar el eterno 'problema de España' y aceptar que un país que se defiende mejor con civismo que con autoflagelaciones? «Nosotros somos quien somos/ ¡Basta de Historia y de cuentos!», escribió Gabriel Celaya en su poema 'España en marcha'. ¿Tan malo como la amnesia no es hacer del pasado una mochila de piedras? Reconocer la normalidad española supone, entre otras cosas, no caer en la idolatría de la norma. Si es difícil creer que Atenea brotó de la cabeza de Zeus, más ímprobo es asumir que España surgió de un formulario del boletín oficial. Hace cinco décadas existían ya una historia compartida, una red de afectos y unas lealtades cívicas y culturales que hicieron posible la ulterior Constitución, uno de esos logros singulares que la historia concede a regañadientes. Tuvo la rareza de no ser, por primera vez, la de unos contra otros; pero erigirla como tótem supone olvidar que es herramienta de una nación previa y duradera. Cuando se olvida ese orden, el texto se queda sin raíces y se llena, como tantos formularios, de casillas para meter consignas. A la postre, toda carta magna se vuelve papel mojado cuando quienes la invocan olvidan que está escrita para todos; de ahí que quienes subordinan la igualdad al interés territorial confundan la democracia con un reparto de privilegios. Celebrar el medio siglo de aquel 22 de noviembre no es encender teas al pasado, sino renovar un compromiso. En una España en marcha, donde tanto está por hacer –una justicia más independiente, una mayor igualdad territorial, una educación más exigente–, la estabilidad no consiste en quedarse quietos, sino en avanzar con tiento. Antes que entender la política como continuación de la guerra por otros medios, conviene recordar que, como enseña el filósofo Higinio Marín, la política no la define el enemigo, sino el vecino : no hay patria posible si sembramos de minas el descansillo; y que, a la vez, el reencuentro no reclama unanimidad, sino reglas compartidas. Conmemorar el inicio de la Transición es mantenernos en marcha hacia la concordia, hacia una convivencia donde el desacuerdo ni zanja la conversación ni obliga a pedir el libro de reclamaciones.



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