En 1996, Mariana Rondón (Venezuela) y Marité Ugás (Perú) fundaron Sudaca Films , una productora independiente desde la cual ambas cineastas alternan los roles de dirección, guion y producción. Juntas han firmado varios largometrajes reconocidos internacionalmente —entre ellos con la Concha de Oro del Festival de San Sebastián— y mantienen una mirada incisiva sobre las fisuras sociales del continente. Si las sudacas tienen que entrar en la jungla —o filmarla—, lo hacen sin rodeos. Su nueva película, 'Zafari', es la prueba más reciente. Estrenada en el Festival de San Sebastián y dirigida por Mariana Rondón, la cinta llega ahora a las salas españolas. El relato parte de una imagen insólita: un hipopótamo, Zafari, es trasladado a un zoológico junto a un amplio complejo residencial. Un grupo de ciudadanos, Natalia (Samantha Castillo) y Alí (Alí Rondón), deben cuidarlo y alimentarlo. Desde la ventana del edificio contiguo —una construcción otrora lujosa y hoy símbolo de clase media en decadencia—, una familia integrada por Ana(Daniela Ramírez), Edgar (Francisco Denis) y su hijo Bruno (Varek La Rosa) observan la llegada del hipopótamo mientras la ciudad se hunde en la escasez de agua, comida y electricidad. Ana recorre los apartamentos vacíos recolectando sobras, su marido se paraliza ante el caos y Bruno se hunde en una extraña pasividad. En un mundo que se vuelve cada vez más salvaje, el único que conserva abundancia es el hipopótamo. Tanto Mariana Rondón como Marité Ugás lo reconocen: el punto de partida de la película fue una historia real: la noticia de prensa de la aparición en Venezuela de un hipopótamo descuartizado. La metáfora «vino entregada por la realidad misma», aseguran. A partir de ahí, iniciaron una investigación sobre el hambre, sobre cuántas veces —y en cuántos lugares— el colapso social ha obligado a los seres humanos a enfrentarse a sus límites más extremos. Esa observación inicial fue el detonante de una película que no pretende ilustrar la miseria, sino exponer la fragilidad de un sistema. Para la directora, Zafari encarna la abundancia obscena en medio de la escasez, un símbolo del poder y sus excesos. «Poner ese hipopótamo ahí, con toda su exuberancia, es un acto de poder», explica. Aunque la película evita nombrar a un Estado o a figuras concretas, muestra con crudeza las consecuencias de sus decisiones. En ese sentido, el animal —inocente pero letal— se convierte en la encarnación del poder mismo, un poder que se alimenta sin medida mientras a su alrededor todo se deteriora. Retrato colectivo La llegada de Zafari al condominio desmantela la frágil armonía social. Rondón señala que el animal «rompe las convenciones, las jerarquías y las complicidades» de los habitantes. Cada personaje revela su propio límite. El miedo, la culpa y el instinto de supervivencia se mezclan hasta borrar cualquier frontera entre víctima y verdugo. Como en otras películas de Sudaca Films, la infancia vuelve a aparecer como un territorio político. Rondón interpreta al niño protagonista como «una figura de involución», el «hombre nuevo» atrofiado, una versión degradada de aquel ideal marxista que alguna vez prometía redención. Bruno, el hijo, no representa el futuro, sino la pérdida de todo futuro posible. Su mutismo y su desconexión son síntomas de un tiempo en el que la esperanza ha sido devorada por la necesidad. El guion de Zafari comenzó a escribirse en 2015. Marité Ugás explica que la primera inspiración de la película fue el canibalismo. «Estudiamos el tema en distintas culturas —recuerda—, pero nos dimos cuenta de que sería insoportable llevarlo literalmente al cine». Esa idea inicial, finalmente descartada, dejó su huella en la atmósfera: los personajes no se devoran con los dientes, pero lo hacen simbólicamente. La violencia se traslada al gesto, al silencio, a la indiferencia. Lo que comenzó como una alegoría se convirtió, poco a poco, en una descripción fiel del deterioro social y moral que atraviesan muchas sociedades de América Latina y más concretamente, Venezuela. Rondón insiste en que interpretar Zafari únicamente en clave venezolana es reducir su alcance. «Interpretar la película en clave exclusivamente venezolana es limitarla», repite. «Para mí era importante que hablara claramente a los venezolanos, pero el hambre y la desintegración social son temas universales». En su mirada, la crisis que retrata la película trasciende la frontera de un país para convertirse en una advertencia global. «Creo que el mundo entero se está pareciendo cada vez más a lo que vivimos en Venezuela», concluye. El resultado es una fábula distópica y profundamente humana, donde el hambre se convierte en metáfora del poder y la supervivencia en una forma de corrupción. Las cineastas, curtidas en un tipo de cine de clara mirada social y política, han dado muestra de su mordacidad y talento. Las películas más representativas de Sudaca Films trazan una mirada crítica y poética sobre América Latina. En 'Postales de Leningrado' (2007), Mariana Rondón retrata la guerrilla venezolana desde la imaginación de los niños; 'El chico que miente' (2011), de Marité Ugás, sigue el viaje de un adolescente en busca de su madre desaparecida tras una catástrofe; 'Pelo Malo' (2013), también de Rondón, aborda con sutileza la identidad, el prejuicio y la intolerancia a través de un niño obsesionado con alisarse el cabello, así como 'Contactado' (2020), de Ugás, explora la manipulación espiritual y el desencanto. A la pregunta sobre si son tiempos buenos momento para el cine político, ninguna duda al momento de responder. «Sí, pero el público no tanto. El público teme que la realidad se le acerque demasiado. Sin embargo, así nació el cine expresionista alemán: anunciando el monstruo que venía».