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Ноябрь
2025

El turismo en Toledo en 1955. Protestas y propuestas

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Abc.es 
Gracias a los aventureros románticos del Ochocientos que, entre otros destinos, divulgaron Toledo, su historia, sus leyendas y su arte, más la llegada del ferrocarril en 1857, creció el auge de viajeros que acudían a pintorescas posadas para conocer la Catedral o mutilados enclaves como eran el Alcázar, San Juan de los Reyes, iglesias, palacios y cenobios en medio de un decaído escenario urbano. La creación del Hotel Castilla en 1890 es un convencional hecho que marcó la apertura de nuevos hospedajes para cosmopolitas touristas , completas guías como la de Palazuelos, el apoyo de «cicerones» profesionales y tiendas con productos orientados a los forasteros. Sin embargo, Emilia Pardo Bazán , en las páginas de Días toledanos (1891), revela algunas claves que sufría cualquier visitante. Criticaba la escasa oferta de trenes que impedía pasar un día completo en Toledo, pues solo había cuatro horas disponibles entre el primero que llegaba de Madrid y el último de vuelta a la capital. Reseñó el «asalto» de un chicuelo en la puerta de la fonda mostrando una caja con tijeras, puñales, broches y otros objetos que podría adquirir en una tienda concreta de la calle Hombre de Palo, más baratos que en otros comercios. La escritora añadió la molestia de los supuestos guías que acechaban en la estación, como «pegajosa garrapata», a turistas que venían a a la ciudad «con trazas de dadivosos». Un contraste a esto último fue el aislado ejemplo de la culta Salud Hernández, cuñada del fotógrafo Casiano Alguacil que, en 1905, se anunciaba como guía bilingüe acompañante «specialement les dames». A fin de paliar la picaresca en torno a turistas y viajeros, en 1902, el gobernador civil German Avedillo publicó el Reglamento para el buen régimen en el servicio de Intérpretes-Guías, para la visita de edificios histórico-artísticos de Toledo, una medida pionera de la profesión en España estudiada por José María San Román Cutanda (2018) . En 1918 se abrió en Zocodover el Centro de Turismo, oficina alentada por la Sociedad Defensora de los Intereses de Toledo. Los sucesivos órganos estatales en materia turística fueron la Comisión Nacional de Turismo (1905), la Comisaría Regia de Turismo (1911-1928), el Patronato Nacional de Turismo (1928-1938), la Dirección General del Turismo (1939) y, en 1951, el Ministerio de Información y Turismo. El Archivo Municipal de Toledo conserva un documento de seis páginas, fechado el 19 de julio de 1955, que emitió el Gremio de Industriales de damasquinos grabados y similares , integrados en el Sindicato del Metal a través de una comisión formada por «Perezagua, Molina, Simón y Torres». Aquellos conocidos artesanos redactaron un informe sobre la situación del turismo en Toledo que elevaron al Gobierno Civil y al Ayuntamiento. Expusieron los problemas más visibles referidos a las agencias de viajes, las comisiones comerciales, la competencia desleal de ciertos establecimientos, los guías no acreditados y la pícara figura de los «ganchos». Lamentaban que en los programas de las excursiones primase más el tiempo para comprar recuerdos -en «una tienda previamente elegida»- que ver Toledo, además de llevar a los clientes «a paso exagerado», evitando que se detuviesen en cualquier comercio. Denunciaban que los grupos no visitaban algún monumento si cerca de él había un establecimiento excluido por los guías. El informe ponía el acento en la potente empresa Viajes Meliá , la que más turistas aportaba a Toledo. Disponía del Hostal del Cardenal para las comidas con una tienda anexa de damasquinados. Previamente, «en el trayecto desde Madrid», según el texto, ya habían aconsejado a los viajeros aprovechar la hora del almuerzo para adquirir en el restaurante los recuerdos por su «calidad y precios». Tras la comida, subirían al Alcázar y la Catedral antes de volver a Madrid. Se recalcaba el daño que Meliá infligía a los industriales del damasquinado con una práctica monopolística contraria a la libertad del visitante para elegir dónde comprar. El informe hacia extensiva su censura a otras empresas ( Viajes Conde, ATESA, Marsans Internacional y Wagon List-Cook ) que, a diario, llevaban a los clientes en sus autocares solo a tres o cuatro «industrias del Ramo». Dejaban sin ver Santa María la Blanca, la Casa del Greco, el Alcázar y el museo de San Vicente, aunque en el programa del viaje estuviesen incluidos. Se detallaba que los autobuses turísticos aparcasen junto a San Juan de los Reyes y, en ocasiones, los grupos hacían en ellos el corto trayecto hasta la plaza del Conde para evitar pasar ante ciertos establecimientos. El gremio de damasquinadores ponía otro dardo en los guías intérpretes y correos que actuaban descaradamente a favor de señalados comercios. La denuncia alcanzaba a personas de «distintas edades y esferas sociales» que ejercían furtivamente de cicerones, caso de los empleados de las agencias de viajes que, sin título, ni carnet oficial, acompañaban a grupos llegados en «coches de gran turismo» y quienes se situaban en la puerta de Bisagra abordando a despistados visitantes . El informe añadía la cooperación de guardacoches, personal de hoteles y restaurantes, sin olvidar la labor de los «ganchos» de clientes al servicio de un taller en particular. Para atajar la situación se sugerían posibles soluciones, no solo del gremio autor del informe, sino de varios más para mejorar el «buen nombre de la Ciudad». Apuntaban como objetivo la libre visita de los turistas auxiliados por «claros y visibles indicadores», llevar un control riguroso de los acompañamientos de los grupos turísticos y habilitar una «oficina de recepción de información turística» cerca del Hospital de Tavera para facilitar guías e intérpretes, además de rutas, relación de alojamientos y restaurantes. Proponían sostener la oficina aumentando un porcentaje las entradas a los monumentos y controlar que a los guías se les sellase en un parte diario la visita a cada uno de ellos. Para «dar ocupación a los guías e intérpretes locales», se sugería que los grupos fuesen de doce a quince personas y que todos los profesionales de otras ciudades, llegados con agencias o grupos en «coches ligeros», llevasen el distintivo oficial. Apuntaban la fijación de turnos de visitas a «todas las tiendas de damasquinado» , la unificación de precios en los artículos más habituales, exigir a los dueños de los negocios hosteleros que vigilasen las actuaciones de sus empleados con los clientes y la ordenación de los horarios de visitas a los monumentos para que coincidiesen los días y las horas de apertura y cierre. De aquel escrito del sector artesanal solo cristalizaría, en marzo de 1958, que el Ayuntamiento aprobase levantar una caseta de información turística frente a Bisagra que se abrió en 1960. El resto de las propuestas y las prácticas declaradas quedarían en estudio o en una silente inacción.



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