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Декабрь
2025

Moncloa se prepara para la "hecatombe"

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El nuevo ciclo electoral arranca en una parte del país que rara vez marca la conversación diaria. Para el PSOE, en otra etapa, hubiera sido un «paseíllo» cualquier carrera electoral que incluyera como metas volantes los territorios de Extremadura y Andalucía. Hoy, sin embargo, hasta estos dos bastiones tradicionales del socialismo son vistos como el marco definitivo que puede marcar el principio del fin del sanchismo.

Extremadura vota hoy después de una campaña anodina, de perfil bajo, y en el que los esfuerzos del PSOE y Vox por llevar la batalla por las urnas a la pulsión nacional han chocado con la zambomba y el ambiente navideño que, intencionadamente, ha buscado la candidata del PP, María Guardiola.

Esta comunidad aporta poco más del 2% de la población, pero, tradicionalmente, ha sido una pieza clave en la arquitectura electoral del PSOE. Un veterano dirigente de la tierra resume lo que se juega hoy el PSOE en la afirmación de que «cuando Extremadura deja de ser fiable para nosotros, el problema, evidentemente, no es local ni coyuntural, sino sistémico».

El de hoy es el primer examen electoral en medio año, de los cuatro diseñados en Génova, donde el PSOE se enfrenta a la amenaza de un golpe mortal. Porque de aquí al próximo verano el PSOE tiene muy difícil evitar que las urnas confirmen cuatro nuevos desastres electorales que apuntalen la voladura casi completa de su poder territorial.

El PP será en todas estas elecciones el partido más votado. Es muy posible que la suma de la derecha supere ampliamente el 50% de los votos. El PSOE retrocederá de manera dramática, cediendo incluso votos a Vox y, muy posiblemente, confirmando los peores resultados de su historia. El PP mantendrá todos los gobiernos autonómicos. Y el único refugio que le quedará al sanchismo es que Vox confirme que es el partido que más crece gracias a la estrategia de Pedro Sánchez.

En Moncloa tienen detectado que el problema de la izquierda es una combinación de abstención, desmovilización y hasta pérdida de confianza en la utilidad del voto socialista.

Su objetivo es evitar la pérdida definitiva del suelo electoral. Saben que es inevitable que un mal resultado en Extremadura no se lea como la evidencia de que el sanchismo ya no moviliza ni siquiera en sus comunidades autónomas más fieles. Además, la clave no está solo en el número de escaños, sino en el nivel de participación del votante socialista, la abstención diferencial y la capacidad de retener el voto rural y envejecido.

Para el PP, Extremadura es una prueba estratégica, por lo que representa para ellos mismos, y también por lo que pueda conseguir Vox, que comprobará en estas elecciones su techo real. Hablamos de una comunidad que no es terreno natural para el partido de Santiago Abascal porque es un territorio con baja polarización identitaria y un electorado más pragmático que ideológico. Por eso la formación se juega aquí saber hasta dónde llega su capacidad de influencia real.

La siguiente cita, la de Castilla y León, se valoran en los comités de estrategia como el examen en una comunidad clave para detectar cambios de ciclo porque su electorado es estable y poco dado a giros bruscos. La agenda nacional del sanchismo –pactos parlamentarios, conflicto territorial, amnistía, corrupción– no conecta tampoco en nada, como ocurre con Extremadura, con un electorado que vota gestión, servicios y presencia del Estado. Los incendios de este pasado verano son la baza que quieren jugar los socialistas, igual que en Andalucía intentarán exprimir el discurso del funcionamiento de los servicios públicos, con la Sanidad pública como gran estandarte.

Lo más relevante es que los cuatro territorios concentran un tipo de votante clave: sensible a la estabilidad institucional y poco permeable a la polarización ideológica. Más allá del porcentaje del censo que representan, desde el punto de vista político suman algo más importante: normalidad electoral. Cuando el PSOE pierde aquí, no puede compensarlo fácilmente sólo en Cataluña o País Vasco, donde el voto está condicionado por dinámicas propias.

Por eso, el problema al que se enfrenta Pedro Sánchez no es perder una elección concreta, sino haber perdido el control del ritmo del ciclo político. Que se agrava con haber perdido también el control de la agenda judicial y parlamentaria.

Ni en Moncloa ni en la dirección socialista saben qué va a suceder mañana con las investigaciones policiales y judiciales. Pero sí saben que todos los socios de investidura tienen ya activada su maquinaria electoral y que sólo trabajan para estar lo mejor preparados posibles para cuando Sánchez apriete el botón de las elecciones generales. «Ya no hay nada que podamos hacer que cambie el destino ni del partido ni del gobierno. Lo único que queda es esperar a que la agonía sea lo más corta posible», resume un ex ministro de la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero.




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