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Декабрь
2025

La imagen corporal a los 11 años puede predecir riesgo de depresión a los 14

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En salud mental no hay medias tintas. Y las cifras deberían grabarse a fuego: un estudio español, liderado por Eduardo González-Fraile, de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), señala que las hospitalizaciones por depresión en adolescentes de 11 a 18 años se incrementaron más de un 1.200% entre 2000 y 2021. Pasaron de 173 ingresos en el año 2000 a casi 1.800 en 2021. Casi tres de cada cuatro hospitalizados eran niñas y la edad media de 16 años.

De acuerdo con datos del INE, el 14,6% de la población de 15 años o más experimentó síntomas de depresión recientes, y el 8% presentó depresión grave. Lo dicho: no puede haber medias tintas.

La adolescencia es un período de cambios intensos en el cuerpo, la mente y las relaciones sociales, y también es una etapa en la que las preocupaciones por la apariencia pueden cobrar una fuerza inesperada. Ese es uno de los focos en los que hay que centrarse de acuerdo con un estudio publicado en «The Lancet» y liderado por científicos del University College London (UCL). Los autores, liderados por Emma Blundell, descubrieron que la insatisfacción corporal a los 11 años está estrechamente vinculada a un mayor riesgo de síntomas depresivos a los 14 años. Las conclusiones se basan en el Millennium Cohort Study, una encuesta que comenzó en 2001 y ha hecho seguimiento desde el nacimiento a 19.000 jóvenes británicos.

El equipo de Blundell observó que tener un índice de masa corporal (IMC) alto a los siete años no solo se asociaba con más síntomas depresivos a los 14 años, sino que también se vinculaba a mayores niveles de insatisfacción corporal ya a los 11 años.

El dato más llamativo es cuánta parte de esa relación entre IMC y depresión puede explicarse por la percepción que los niños tienen de su propio cuerpo. Según el estudio, la insatisfacción corporal explica un 43% de la asociación entre IMC alto a los siete años y los síntomas depresivos posteriores, y estas asociaciones fueron dos veces más fuertes en niñas.

«La depresión se ha vuelto más común entre los jóvenes, al igual que el sobrepeso y la insatisfacción corporal» – explica la coautora Francesca Solmi–. «En este estudio hemos encontrado evidencia sólida de que un IMC alto en la infancia se relaciona con un mayor riesgo de síntomas depresivos varios años después. Nuestros hallazgos sugieren que cualquier esfuerzo por reducir el peso en la infancia debe considerar sus posibles impactos en la salud mental para evitar estigmatizar el peso y, en cambio, apoyar la salud mental y el bienestar infantil».

Estos resultados emergen en un contexto en el que tanto la prevalencia de la depresión juvenil como los problemas de peso y de percepción corporal han aumentado en las últimas décadas en muchos países. Identificar qué factores son modificables a temprana edad, como la relación con la propia imagen, puede tener implicaciones profundas para la prevención y el diseño de estrategias de salud pública. «Es importante garantizar que cualquier intervención para reducir el IMC en la infancia no aumente inadvertidamente la insatisfacción corporal y perjudique la salud mental en estas edades», añade Blundell.

En otras palabras, las campañas centradas exclusivamente en reducir el peso, sin tener en cuenta cómo se habla de ello o el impacto emocional que puede tener en los menores, podrían estar alimentando sentimientos de culpa, vergüenza o rechazo hacia su propio cuerpo. Más allá del vínculo entre IMC e insatisfacción corporal, los investigadores señalan que otros factores biológicos y ambientales, como el acoso escolar o las redes sociales, podrían también tener un papel en la aparición de síntomas depresivos, aunque este estudio no se centró en ellos.

Pero la evidencia deja claro que la forma en que los niños y niñas sienten y evalúan sus cuerpos no es trivial: es una pieza importante en el rompecabezas de la salud mental adolescente. Y que esta percepción está influida por múltiples factores, desde la educación y la cultura hasta los medios de comunicación y las relaciones sociales, lo que sugiere que las respuestas no pueden ser exclusivamente clínicas, sino también sociales, educativas y culturales.

Este hallazgo coincide con lo que otros trabajos ya han señalado: la imagen corporal es una dimensión compleja del desarrollo psicosocial que puede tener un impacto duradero en el bienestar emocional. Y si bien los mecanismos exactos aún requieren más investigación, el estudio de UCL ofrece datos sólidos para afirmar que la insatisfacción corporal en la infancia no solo afecta la autoestima, sino que también puede ser un predictor temprano de dificultades emocionales significativas en la adolescencia.

En última instancia, abordar la preocupación por la imagen corporal de forma temprana, cuidadosa y sensible podría ser pieza clave para reducir el riesgo de depresión en adolescentes, especialmente en niñas, que parecen particularmente vulnerables a estas dinámicas. Más allá de las etiquetas, los datos muestran que escuchar a los niños, hablar de cuerpo y salud con respeto y comprensión, y evitar mensajes que estigmaticen el peso o la apariencia física, no es solo una cuestión de educación, sino de salud pública.

«Reducir la insatisfacción corporal en los jóvenes podría ser una forma importante de prevenir la depresión», concluye Francesca Solmi.




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