Jesús Palacios: "La Transición fue un acto de frivolidad"
En el cincuenta aniversario de la reinstauración de la Monarquía de los borbones en España, el hispanista Stanley G. Payne y el historiador Jesús Palacios publican "Juan Carlos I. La construcción de un Rey" (La Esfera de los Libros), una revisión de los primeros años de reinado y el 23-F. Hablamos con Palacios largo y tendido sobre el padre de Felipe VI, su personalidad y las carencias que han atravesado su biografía.
¿Cuál es su tesis central sobre el papel del Rey en el 23-F?
Que estuvo plenamente en el 23 de febrero. Sin el concurso del Rey, junto con la clase política, jamás hubiera existido. Especialmente el Partido Socialista, que apoyó la idea de un gobierno de concentración presidido por el general José Armada. Toda la nomenclatura del sistema estaba en la necesidad de hacer una corrección del sistema. Se pretendía corregir errores cometidos desde el inicio de la Transición. En esto Juan Carlos dio el beneplácito.
Para entenderlo hay que ver cómo se relaciona con el poder desde el inicio. Con Carlos Arias Navarro jamás se entendió. Arias fue designado por Franco tras el magnicidio de Carrero Blanco. Juan Carlos lo mantiene un tiempo para evitar sobresaltos tras ser coronado, pero después conspira contra él.
¿Cómo evoluciona la relación del Rey con Suárez hasta el 23-F?
Hay una sinergia fuerte entre Adolfo Suárez y el Rey desde julio de 1976 hasta inmediatamente después de las elecciones de marzo de 1979. A partir de ahí el Rey, como había hecho con Arias, empieza a conspirar contra Suárez. ¿Por qué? Porque se percata de que el aventurismo y la frivolidad con que se había desarrollado el inicio de la Transición era un disparate.
¿Qué papel da a Tarradellas en ese giro?
Tarradellas vuelve del exilio y observa lo que se está haciendo con esa transición "alocada". Lo interpreta como un suicidio para España. Y le dice al Rey, en diferentes ocasiones, que España necesita un “golpe de timón”.
Usted niega que el 23-F fuera una involución franquista. ¿Por qué?
Una vez que fracasa se presenta como un golpe de involución de trasnochados franquistas que querían volver al pasado. Eso, tal como expongo, es falso. Es una operación política: un golpe institucional de corrección del sistema dentro del sistema para mejorar el sistema.
La imagen pública del 23-F está marcada por la violencia en el Congreso. ¿Eso estaba previsto?
No. Se diseña en dos fases y es una copia exacta de la operación ocurrida en Francia en 1958. Allí había un contexto de amenaza de guerra civil por Argelia; aquí no, y entonces se inventa el “supuesto anticonstitucional máximo”: entrar en el Congreso durante la investidura de Calvo Sotelo, irrumpir y secuestrar a diputados y Gobierno. Pero está entendido que tiene que ser sin violencia, “en nombre del Rey y de la democracia”.
Entonces, ¿por qué se disparó dentro del Hemiciclo?
Esos tiros fueron de intimidación. Se producen para frenar que los diputados salieran en desbandada. Eso sorprendió mucho en Zarzuela, hubo un momento de tensión: “¿Qué es esto? Esto no es lo que estaba previsto”. Hay un representante de la Casa Real, un oficial de la Guardia Real, que se pone en contacto inmediatamente con Zarzuela. Se transmite: no hay heridos, han sido tiros de intimidación. La operación continúa. Pero a partir de ese instante el Rey queda “congelado” por ese estado de cosas y pasa la responsabilidad de la gestión al general Sabino Fernández Campo, que era el secretario de la Casa. El Rey, como le define Alfonso Armada, está “a verlas venir” a que se resuelva la operación.
¿Cuáles son las dos fases de la operación, tal como la cuenta?
La primera fase es la entrada de Tejero y los guardias civiles. Se ejecuta con apoyo del servicio de Inteligencia: autobuses, apoyos, despliegue de miembros del servicio de inteligencia y de Guardia Civil que por la mañana ocupan posiciones en la Carrera de San Jerónimo para que Tejero irrumpa sin problemas. Eso es el golpe de mano. La segunda fase era la entrada en escena del general Armada para proponer la solución política. ¿Lo hace por iniciativa propia? No. Porque ya se había configurado en otoño un gobierno de concentración aprobado por el Partido Socialista; y se trabajó en presentar a Armada y convencer a grupos políticos de que era necesario para corregir defectos del sistema. La operación se plantea como corrección de los errores iniciales de la Transición, que se había desbandado y era errática. Se busca reformar principalmente la Constitución, reforzar el sentido democrático y reforzar también a la Corona.
¿Y por qué se rompe?
Porque a Tejero no le explican cuál va a ser la solución política. Cuando conoce la lista del gobierno, se rebela e impide al general Armada entrar en el hemiciclo. Armada no consigue convencerlo. Milans no consigue convencerlo, pese a las órdenes que se dan. Tejero llega a decir: “Estoy obedeciendo órdenes del general Milans”, aunque no estuviera en la cadena de mando.
En el libro cuenta una llamada a Zarzuela desde dentro del Congreso.
Sí. Esto lo presento como un hecho que no se había comentado nunca antes: Armada se pone en contacto con Zarzuela desde el Hemiciclo, hablando con Tejero, y dice: “Majestad, Tejero me impide entrar…”. El Rey dice: “Pásamelo”. Tejero, encabronado cuando conoce la lista, le dice que no quiere hablar y no se pone al teléfono. El Rey insiste: “Convéncelo, convéncelo. Tienes que sacar adelante la operación… eso se tiene que lograr”. Ahí se barranca la operación y fracasa.
En el imaginario colectivo, el mensaje televisado del Rey “lo cambia todo”. Usted dices que no.
Hay una confusión. Al mensaje grabado se le da una importancia extraordinaria diciendo: “Eso es lo que hace regresar la operación”. No es cierto. El cuerpo principal del mensaje se había transmitido ya a a todas las Capitanías Generales. Exactamente el mismo. Lo que no iba eran las cuatro últimas líneas.
¿Qué aportan esas cuatro líneas?
Son las que cambian: la frase de que la Corona no puede tolerar... y lo del proyecto de la Constitución democrática. Eso se añade. Esas cuatro líneas, como todo el resto del mensaje, son de Sabino Fernández Campo. Esto a mí me lo confirmó el propio Sabino.
Entonces, según su tesis, ¿ese mensaje va contra quién?
No va contra Armada. Va contra quien ha violado la legalidad constitucional, contra la irrupción anticonstitucional en el Congreso. Y, en paralelo, lo que sostengo es que Armada había planteado a Tejero y a oficiales de la Guardia Civil una salida: salir momentáneamente de España, establecerse en Portugal, en Lisboa, sin problemas para ellos ni sus familias. Una vez formado un gobierno de concentración nacional presidido por Armada, con Felipe González de vicepresidente, y apoyo del resto de fuerzas políticas, ese gobierno excepcional actuaría con manos libres, sin intervención del Parlamento durante un año y medio, hasta elecciones del 83. Reformaría lo necesario de la Constitución, como el Título VIII.
¿Qué se pensaba tocar exactamente?
Además del Título VIII, el término “nacionalidades” del artículo 2 y otros puntos. Cerrar una Constitución que, según esta lectura, quedó abierta. Se dieron facultades para vaciar el Estado y transferir competencias a comunidades, y eso alimentaría el chantaje permanente de grupos nacionalistas. La corrección buscaba evitar esa dinámica.
¿Y el papel del Rey quedaría reforzado?
Sí. Se plantea que al Rey se le habían quitado poderes heredados y se iban a restablecer algunos. No hacia un presidencialismo tipo república, pero sí una mayor intervención: capacidad para decidir en qué casos podría ser cesado un presidente del Gobierno, por ejemplo, y la facultad directa de convocar elecciones sin propuesta del Congreso. Una mayor representatividad política, no solo un papel simbólico de árbitro y moderador. Se menciona también el derecho de gracia y otras facultades.
Su libro trata de desmontar que la Transición fue “modélica”.
Es que no lo fue, se ha vendido como modelo exportable, pero, como me dijo en muchas ocasiones el general Fernández Campo, fue un acto de frivolidad y superficialidad. Salió bien porque no había intención en la sociedad española de empujar una ruptura. Los partidos querían protagonismo, pero la sociedad se mantenía al margen y quería unidad y continuismo con reformas.
En su relato, Suárez y Juan Carlos son personas simples y sin formación.
Así los definen quienes los trataron y así los valoraron desde EE UU: Nixon, Ford y, sobre todo, Henry Kissinger. Cuando conocen al príncipe designado sucesor en julio del 69, concluyen que es una buena persona, bien intencionada, pero frívola, sin conocimiento. Yo añado: no tenía formación, no leía, era mal estudiante pese a los profesores que tuvo. Le interesaban leer cosas tipo "El Coyote". Ni siquiera los documentos que le pasaban.
¿No tenía ninguna cualidad?
Tenía atractivo natural. Y la condición de príncipe y rey amplifica su personalidad. Eso facilita la mitificación mediática: se le atribuyen virtudes “mágicas”. Pero, según esta lectura, ya en 1978 y 1979, cuando ve que el camino es errático, se plantea corregirlo. Y el Rey llega a pedir ayuda para apartar a Suárez: “Ayudadme a quitarme a Suárez de encima porque me va a arrastrar y va a perjudicar la Corona”.
Otro bloque muy sensible del libro es la muerte de su hermano.
Lo que figura en el libro es tal y como ocurrió porque lo narra el propio Juan Carlos al jefe de la Casa y lo hace con frialdad, en tercera persona.
¿Cuál es la secuencia que describe?
Juan Carlos lleva una pistola a su casa, una "Long Star" automática del calibre 22 vinculada a la Academia General Militar. Don Juan la guarda bajo llave, pero el príncipe convence a su madre para que se la dé y la guarda en un cajón. Su hermano Alfonsito entra en la habitación repetidamente jugando mientras Juan Carlos está estudiando y le pide que no le moleste. "Date preso, bandido… estás muerto, ratatatá”, juega Alfonsito. En un momento dado, Juan Carlos saca la pistola, se coloca a menos de dos metros, y le dice: “El que estás muerto eres tú”. Y aprieta el gatillo. Cuando el Rey se lo cuenta a Sabino le dice: “Fíjate que fue tan certera mi puntería que le di entre ceja y ceja”.
¿Qué lectura psicológica hace de ese relato?
Frialdad absoluta, ausencia de conciencia de culpabilidad. Hablar en tercera persona... Planteo que vive ajeno al hecho para no cargarlo en conciencia.
Y lo conecta con la idea de "traición" constante.
Sí. Digo que carece de remordimiento: con su padre, con Franco, con Torcuato Fernández Miranda, con Armada, con Milans, con la Reina Sofía y con una larga cadena de personas.
¿Y cómo fue la relación con Don Juan hasta 1975?
Don Juan se siente traicionado. Entre octubre y noviembre del 75 mantiene conversaciones con el PCE para intentar que no sea su hijo el coronado sino él. Se habla de un tercer manifiesto contra Franco y contra su hijo. Juan Carlos mueve piezas y envía al general Díez-Alegría para disuadir a don Juan: “El Ejército apoya a vuestro hijo”. Don Juan cede.
¿Cuál fue el papel de Juan Carlos I en la Marcha Verde?
Con apoyo de EE UU y, especialmente de Kissinger, el Sáhara debía cederse a Marruecos para impedir un Sáhara independiente alineado con Argelia en plena Guerra Fría. El príncipe se pone de acuerdo con Arias Navarro y con Hassan II: “Entregamos el Sáhara”. Franco envía al teniente general Gavilán con un mensaje: si Hassan entra por la fuerza, habrá guerra. Pero Franco cae en la decadencia final. Cuando el Príncipe asume los poderes en funciones, envía a Manolo Prado y Colón de Carvajal a hablar con Kissinger: frenar la invasión porque se va a entregar. Digo que hay una defección del Gobierno, salvo de Cortina Mauri, que se niega. El trato con los militares es un engaño y se traicionó al Ejército. Se viola el mandato de la ONU sobre el principio de la autodeterminación y la celebración de un referéndum. La Marcha Verde no fue solo de civiles: va flanqueada por fuerzas armadas marroquíes. El Ejército quería combatir y estaba preparado pero se impuso la defección, con enorme disgusto militar.
¿Qué interés podía tener Don Juan Carlos en que no se diera esa batalla?
Principalmente, no conceder al Ejército ninguna carta de poder que luego pudiera condicionarle. De ahí también su preocupación con la legalización del PCE. En septiembre del 76 se niega ante jefes militares que vaya a legalizarse, pero luego se legaliza por sorpresa en Semana Santa de 1977. Es el único momento en que el Ejército estuvo a punto de rebelarse. El Ejército como tal no está en el 23-F, las Fuerzas Armadas son ajenas a la operación política del 23 de febrero.
En su opinión, Juan Carlos no tiene lealtades. ¿A nadie?
A nadie. No ha tenido lealtades con nadie; prácticamente habría que decir que ni consigo mismo.
¿Que le han parecido sus memorias recién publicadas?
Son ficción, desmemoria: mueve hechos de sitio, de tiempo, de lugar. Y miente. Miente sobre el 23-F, sobre Armada, sobre el supuesto dominio del PCE en el 76-77 y sobre la idea de una guerra civil inminente. Lo presento como un despecho que va contra su hijo y contra la Corona, una reivindicación por el desprecio del alejamiento, una venganza.
¿En que se distingue Felipe VI de su padre?
No se está comportando como Rey; en diez años el único gesto claro fue el discurso del 3 de octubre de 2017. Y sostengo que se comporta como servil al sectarismo político. Sobre la amnistía, afirmo que el Rey tenía margen y podría haberse negado a firmar. No lo hace para mantener el estatus y la sucesión porque la Corona es un negocio de familia.
