Ni olores ni bacterias: la razón por la que no debes dejar la tapa del inodoro abierta
Cerrar la tapa del inodoro suele verse como una cuestión de educación doméstica o, en el mejor de los casos, de estética. Para muchas personas, dejarla abierta o bajarla responde a la costumbre, al diseño del baño o a simples discusiones de convivencia. Sin embargo, esta decisión tiene implicaciones que van mucho más allá del orden o del mal olor.
La sensación de limpieza que transmite un inodoro moderno puede llevar a pensar que el riesgo termina cuando desaparece lo visible. No obstante, la ciencia lleva años analizando qué ocurre realmente en ese breve instante en el que se acciona la cisterna. Lejos de ser un gesto inocuo, el vaciado del inodoro pone en marcha procesos físicos y biológicos que no percibimos a simple vista.
Del retrete compartido al saneamiento
Durante gran parte de la historia, el uso del retrete estuvo lejos de ser un acto privado. En la Roma del siglo IV, existían alrededor de 150 letrinas públicas con bancos de mármol de uso comunitario, donde la socialización primaba sobre cualquier noción de intimidad o control higiénico. En ese contexto, la preocupación por cerrar una tapa simplemente no existía.
Hoy el panorama ha cambiado de forma desigual. A pesar de los avances tecnológicos, todavía hay millones de personas en el mundo sin acceso a baños seguros y limpios, lo que obliga a la defecación al aire libre y favorece la propagación de patógenos fecales en el agua, el suelo y los alimentos. Esta realidad tiene un fuerte impacto sanitario y social, especialmente en mujeres y niñas.
El inodoro con cisterna: una solución parcial
El precursor del inodoro moderno se atribuye a Sir John Harington, quien en 1592 diseñó un sistema con cisterna elevada capaz de arrastrar los desechos. Sin embargo, el avance decisivo llegó en 1775, cuando Alexander Cumming patentó el sifón, cuya función era sellar el sistema y eliminar eficazmente los malos olores.
Aunque este diseño resolvió el problema del olor, no eliminó la generación de aerosoles durante la descarga. Numerosos estudios han demostrado que el burbujeo, los remolinos y las salpicaduras del agua pueden emitir partículas en suspensión cargadas de microorganismos.
Entre los microorganismos identificados se encuentran bacterias de los géneros Aeromonas, Bacillus, Campylobacter, Pseudomonas, Salmonella o Staphylococcus, entre otras. Estas bacterias pueden permanecer en el aire o depositarse sobre superficies cercanas tras accionar la cisterna.
Baños públicos y el riesgo real de infección
El riesgo se intensifica en baños públicos con ventilación insuficiente. Tal y como describe National Geographic, en 2015 un estudio confirmó la presencia de 'Escherichia coli', resistente a los antimicrobianos en 56 baños públicos del área metropolitana de Minneapolis–St. Paul (Estados Unidos). Las zonas próximas a inodoros y urinarios suelen presentar niveles elevados de contaminación, lo que obliga a aplicar protocolos de limpieza estrictos.
La transmisión de microorganismos no se limita al contacto con el retrete. Los patógenos pueden acumularse en el cuerpo y la ropa del usuario debido a la aerosolización durante la descarga, transmitirse por inhalación directa o depositarse en superficies como grifos, manijas de la cisterna, pastillas de jabón o pomos de las puertas.
Este riesgo es especialmente alto cuando las heces contienen una gran carga patógena. En este contexto, bajar la tapa del inodoro antes de tirar de la cisterna no es una manía doméstica, sino una medida simple para reducir la dispersión de bacterias en el entorno del baño.
