Hay infraestructuras que, por viejas, parecen ya inevitables. Por ruidosas, intocables más bien. Por útiles, casi sagradas. La A-5 ha sido durante décadas este caso , una autopista de entrada y salida, una arteria mayor del tráfico madrileño, una barahúnda de coches que trae y lleva trabajadores, mercancías, prisas y abatimientos. Pero también ha sido una frontera, y eso conviene no olvidarlo. Una frontera agitada, y una cicatriz urbana que separa barrios, que impone su tiranía acústica, día y noche, que obliga al peatonaje a pedir permiso para cruzar su propia ciudad. Por eso, hablar hoy del soterramiento de la A-5, tan avanzado, ya, no es hablar sólo de obras, sino de una idea de ciudad. Y esto merece destacarse....
Ver Más