No es necesario sangrar ni expulsar ningún tipo de fluido para dejar rastro de nuestro ADN. Solo basta con pasar nuestra mano sobre una superficie, como una mesa o un papel, para que nuestra impronta genética quede ahí y que la actual tecnología la detecte, aunque pasen años, siglos e incluso milenios. Se puede comprobar en antiguas cuevas o yacimientos prehistóricos, de donde los científicos han recuperado información sobre cómo eran nuestros antepasados extrayendo muestras de la propia tierra , sin necesidad de hallar huesos. Pero estas novedosas técnicas abren la puerta a algo mucho más cercano: ¿es posible sacar información genética de objetos históricos, como por ejemplo de las cartas que dejó Cristóbal Colón en su descubrimiento de América,...
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