La fantasía de regalar lo que no es tuyo es instintiva. El ser humano tiene una naturaleza soñadora que le impele a prometer lo inalcanzable, a garantizar utopías. Es una pulsión bella. Mi padre fabulaba con el reparto de su herencia y cada vez que anunciaba que a mí me había tocado la provincia de Sevilla entera ponía un gesto de felicidad que era real. Lo era de verdad. Porque su intención era noble. Y yo he hecho lo mismo con mi hija durante toda su infancia. Abrazada a ella en la playa de Barbate cada verano, en los días claros le susurraba: «¿ves todo aquello? Se llama África y es para ti». Su inocencia me comía a besos. Y...
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