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No es mérito. Es sistema

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Durante décadas nos repitieron la misma fábula con distintos nombres: esfuerzo, talento, disciplina, resiliencia. Nos dijeron que el mundo era una pista justa, que quien corría más rápido llegaba primero, que quien se caía debía levantarse. Construyeron toda una pedagogía emocional alrededor del mérito. Y funcionó. Funcionó tan bien que millones de personas asumieron su exclusión como fracaso personal.

Pero el problema no es que no corran lo suficiente. El problema es que nunca estuvieron en la carrera.

El sistema contemporáneo no opera por mérito. Opera por arquitectura. Y la arquitectura no se discute: se habita. Nadie votó por ella, nadie la ve, pero todos están dentro. Fama, poder y riqueza no son consecuencias naturales del talento: son tres nodos de un mismo circuito cerrado. Se heredan, se protegen, se recombinan entre sí. No se conceden: se administran.

El mito del mérito es la cortina perfecta. Porque mientras crees que “te falta”, no miras dónde estás parado. Mientras te esfuerzas por encajar, no cuestionas quién diseñó el espacio. Mientras compites con otros excluidos, el sistema sigue intacto.

El poder no se mueve por capacidades: se mueve por legitimidades.

La riqueza no se genera por trabajo: se reproduce por acceso.

La fama no se gana: se autoriza.

Y la autorización no es pública. Es relacional, hereditaria, simbólica. Es un pase invisible que no se compra ni se solicita. Se recibe o no.

Por eso hay talentos que nunca emergen, liderazgos que nunca son vistos, inteligencias que nunca son convocadas. No porque no existan, sino porque no están codificadas en el sistema. El diseño no las reconoce. Y lo que el sistema no reconoce, no existe.

Aquí ocurre la violencia más sofisticada de nuestra época: la violencia estructural sin agresor visible. Nadie te empuja, nadie te golpea, nadie te prohíbe. Simplemente no te abren. Y cuando preguntas por qué, te dicen: “Sigue intentando”.

No es crueldad. Es diseño

El sistema necesita que creas en el mérito para no tener que explicar la exclusión. Necesita que personalices el fracaso para no politizar la estructura. Necesita que te mires a ti para que no mires arriba. Y lo logra con una narrativa impecable: si no llegaste, es porque no eras suficiente.

Pero la historia real es otra: el sistema no selecciona a los mejores, selecciona a los funcionales. A los que no alteran la geometría. A los que no incomodan la herencia. A los que no rompen la coreografía. Por eso tantas personas brillantes se quedan al margen, no es una paradoja: es coherencia interna.

El sistema no está roto. Está funcionando exactamente como fue diseñado.

Y aquí viene la parte incómoda: cuando entiendes esto, ya no puedes volver a explicarte la vida en términos individuales. Ya no puedes decir “yo fallé” sin preguntarte primero “¿dónde estaba parada?”. Ya no puedes admirar el éxito sin examinar la arquitectura que lo sostiene. Ya no puedes consumir discursos de superación sin detectar su función anestésica.

Esto no es pesimismo. Es precisión.

Entender el sistema no te hace víctima. Te devuelve agencia. Porque solo lo que se ve se puede intervenir. Y lo que se interviene deja de ser destino.

La verdadera desigualdad no es económica. Es estructural. No es cuánto tienes, es desde dónde puedes. No es cuánto sabes, es si el sistema reconoce tu saber. No es cuánto vales, es si tu valor cabe en la matriz.

Por eso la movilidad social es la excepción y no la regla. Por eso los mismos apellidos se repiten. Por eso las élites se reciclan. Por eso la puerta giratoria existe. Por eso el mérito es el relato preferido de quienes ya están dentro.

No es mérito. Es sistema.

Y hasta que no se entienda eso, seguiremos pidiendo permiso en casas que no construimos.

Antes del fin

Entender el sistema no es volverse cínico, es volverse lúcido. Es dejar de pelear contra espejos y empezar a mirar estructuras. Es recuperar la dignidad donde antes había culpa.No para resignarse, sino para intervenir.

Porque cuando sabes que no es mérito, sino sistema, dejas de pedir permiso y empiezas a leer el tablero. Y en ese momento, por primera vez, la vida deja de ser carrera y se vuelve estrategia.




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