Crítica de 'La isla de la Belladona': Vidas y muertes dignas ★★★
Gerontofobia, edadismo... Llámenlo como quieran, pero el planteamiento inicial del filme dirigido por la lituana Alanté Kavaïté no nos extraña en absoluto: en un futuro peligrosamente cercano los mayores, por ley, están obligados a recluirse en residencias una vez jubilados, algo que, sin embargo, el espectador nunca puede comprobar, ya que la historia transcurre en una apartada y pequeña isla donde la joven Gaëlle cuida de manera muy celosa y desde hace años a un reducido grupo de ancianos que han decididon rebelarse contra el sistema aunque el suyo sea, a la postre, otro tipo de «encierro». Porque allí Gaëlle les cocina, cuida del huerto, los cura, mientras prohibe cualquier cosa que exiga un mínimo de esfuerzo, un mínimo de libertad.
Pero la rutina se rompe cuando, tras llamar a una doctora para que le suministre ciertos medicamentos, esta llega en un velero junto a su atractivo hermano y la hija pequeña de la médica, y la minúscula sociedad ya no vuelve a ser igual. Los recién llegados organizan fiestas, dan de beber y comer abundantemente a los viejos e incluso despiertan alguna que otra dormida libido con la lectura de novelas eróticas, lo que también provoca en la protagonista cierta inquietud. Pero, paralelamente, los habitantes comienzan a fallecer de manera inexplicable uno tras otro... Una cinta enigmática sobre asuntos como el deseo, la soledad, la pérdida o el derecho a una muerte digna. O a una vida digna. Quizá sean lo mismo.
Lo mejor: Un estupendo y cohesionado plantel de intérpretes secundarios y la fotografía
Lo peor: Su ritmo es a veces irregular y varios personajes pedían una mayor profundización
