Tierras raras, petróleo e ideología: los verdaderos interés de Washington en Groenlandia
En las últimas semanas, el gobierno de Donald Trump ha intensificado una presión que hasta hace poco parecía una provocación retórica: la idea de que Estados Unidos debe adquirir o controlar Groenlandia.
El jefe de Casa Blanca lo justificó públicamente abogando por una necesidad de seguridad nacional, vinculada al despliegue de su nuevo escudo antimisiles, el “Golden Dome”, al control del espacio ártico y a la contención de la proyección tanto rusa como china en las rutas del norte.
Según Trump, la isla es una pieza vital para la arquitectura defensiva estadounidense y cualquier fórmula que no implique control directo resulta inaceptable. Sin embargo, el trasfondo de esta disputa va mucho más allá de un argumento militar. Se trata de recursos estratégicos, control de rutas comerciales emergentes, autonomía tecnológica, reconfiguración del poder global y una abierta confrontación política e ideológica con Europa.
Groenlandia ocupa una posición geográfica única. Se ubica entre América del Norte y Europa, domina accesos al Atlántico Norte y al océano Ártico y permite controlar corredores aéreos y marítimos críticos. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos ya instauró bases estratégicas en la isla, como Thule, integradas al sistema de alerta temprana frente a misiles soviéticos. Hoy, con el deshielo acelerado del Ártico, se están abriendo rutas comerciales que pueden reducir en hasta un 30 o 40% los tiempos de navegación entre Asia y Europa respecto al Canal de Suez. Lo que convierte al territorio danés en un nodo potencial del comercio global, la logística militar y la proyección de poder marítimo.
Donald Trump. Foto: Agencia Aton.
El verdadero interés estadounidense
Groenlandia alberga importantes reservas de tierras raras, un grupo de 17 elementos químicos esenciales para la economía digital, la transición energética y, especialmente, la industria militar. Estos minerales son indispensables para fabricar motores de vehículos eléctricos, turbinas eólicas, baterías avanzadas, chips, sensores, radares, sistemas de guiado de misiles, visión nocturna y componentes de aviones de combate como el F-35.
Aunque no existen estudios definitivos, estimaciones preliminares sugieren que la isla danesa podría concentrar una parte relevante de las reservas globales de tierras raras fuera de China, lo que la transformaría en una plataforma clave para diversificar el suministro occidental.
Actualmente, China controla entre el 80 y el 90% del procesamiento mundial de estos elementos químicos, incluso cuando no posee la mayoría de los yacimientos. Washington considera esta dependencia una vulnerabilidad estratégica crítica y ha impulsado políticas para relocalizar cadenas de suministro, asegurar fuentes alternativas y garantizar autonomía tecnológica. Groenlandia aparece como una solución estructural a ese problema, especialmente en un contexto donde Ucrania, otra alternativa explorada por Estados Unidos, quedó atrapada en la guerra.
A este factor se suma el petróleo y el gas. El Servicio Geológico de Estados Unidos estima que bajo las aguas de Groenlandia existirían alrededor de 31 mil millones de barriles de petróleo aún no descubiertos y una suma importante de gas natural, lo que situaría a la isla entre las 10 principales reservas potenciales del planeta.
Puesta de sol en Groenlandia (Dinamarca).
Para un Trump que concibe la energía como instrumento de poder, dejar estos recursos fuera del control estadounidense o potencialmente accesibles a capitales chinos o rusos es visto como un error estratégico.
Cómo Estados Unidos podría controlar Groenlandia
Una intervención militar directa es poco probable por su enorme costo político y por el hecho de que Groenlandia pertenece al Reino de Dinamarca, miembro de la Unión Europea y de la OTAN. Sin embargo, Trump ha mantenido deliberadamente la ambigüedad, señalando que prefiere una solución negociada, pero sin descartar medidas más duras, “por las buenas o por las malas”, señaló recientemente el mandatario republicano.
El escenario más real es una estrategia de presión prolongada, combinando diplomacia coercitiva, incentivos económicos, acuerdos de seguridad y operaciones de influencia política. La compra directa del territorio danés sigue estando simbólicamente sobre la mesa y no sería un hecho inédito en la historia estadounidense. Tras la compra de Alaska a Rusia en 1867, Washington exploró la posibilidad de adquirir Groenlandia e Islandia como parte de su lógica de expansión territorial. En 1917, cuando Dinamarca vendió las Islas Vírgenes a Estados Unidos, también se debatió incluir a la isla en la negociación.
Jens-Frederik Nielsen, primer ministro de Groenlandia. Foto: Parlamento Europeo.
Una segunda vía, más sofisticada, sería estimular un proceso interno de independencia. Groenlandia cuenta con un parlamento donde predominan fuerzas soberanistas que, a mediano plazo, buscan desvincularse de Dinamarca. Estados Unidos podría acompañar ese proceso mediante inversiones masivas en infraestructura, minería, puertos, telecomunicaciones y defensa, condicionando la orientación estratégica del eventual nuevo Estado. En una población de apenas 56 mil habitantes, cualquier flujo significativo de capital o empleo tiene efectos políticos inmediatos. Incluso, se ha mencionado la posibilidad de incentivos económicos directos a los groenlandeses.
Esta estrategia permitiría a Washington presentarse como respetuoso del derecho de autodeterminación, mientras consolida una relación de dependencia estructural. Groenlandia no aspira a convertirse en el “Estado 51”, pero una apertura económica asimétrica podría inclinar su autonomía real hacia una tutela informal estadounidense.
La respuesta europea y la disputa ideológica
Dinamarca y Groenlandia autorizaron el despliegue de tropas de Francia, Alemania, Suecia y Noruega en ejercicios de vigilancia y protección de infraestructuras críticas. Aunque el número de efectivos es reducido, el mensaje es contundente: Europa está dispuesta a marcar límites incluso frente a Estados Unidos. Se trata de un hecho inédito que revela la magnitud de la crisis interna de la OTAN.
Fuerzas armadas danesas y norteamericanas en Groenlandia. Foto: Comando Norte de Estados Unidos.
La alianza atlántica enfrenta así una paradoja histórica, el problema ya no es únicamente la amenaza rusa o china, sino la coherencia interna de una organización cuyo principal garante presiona territorialmente a un socio. Esto, obliga a Europa a acelerar debates sobre autonomía estratégica, gasto militar, reindustrialización de defensa y redefinición de su relación con Washington, en medio de fuertes restricciones fiscales, tensiones sociales y desgaste del modelo de bienestar.
Sin embargo, detrás de la disputa material se esconde una dimensión ideológica. Trump no solo busca recursos y control geopolítico, también pretende debilitar al orden liberal europeo, al que responsabiliza de la pérdida de competitividad occidental, del debilitamiento cultural y del ascenso de China.
Presionar a Europa en un punto tan sensible como su integridad territorial y su seguridad es una forma de exponer sus fragilidades, fomentar liderazgos más afines a la visión norteamericana y permite reconfigurar el equilibrio político interno del continente.
Groenlandia se convierte así en una pieza estratégica total, recursos críticos para la economía del futuro, control de rutas marítimas emergentes, plataforma militar avanzada y escenario de disputa ideológica. No se trata solo de una isla, sino de una señal del tipo de orden internacional que comienza a consolidarse, donde la competencia por recursos, la erosión de las alianzas tradicionales y la politización de la seguridad redefinen las reglas del juego global.
