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'Freebirth' o parto libre en casa: la corriente digital que impulsa dar a luz sin asistencia avanza en el Reino Unido por la desconfianza en el sistema

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Abc.es 
El día en que Jennifer Cahill   decidió quedarse en casa para parir a su segunda hija, en junio de 2024, lo hizo convencida de que aquella elección le permitiría vivir, por fin, el parto que no había tenido tres años antes en un hospital de Manchester. Su primera experiencia había sido difícil, con una hemorragia posparto y un sentimiento persistente de no haberse sentido acompañada ni escuchada. En el siguiente embarazo optó por un parto en casa con matronas del sistema público. La pequeña Agnes nació en estado crítico y la reanimación se vio obstaculizada por un fallo del equipo. Madre e hija fallecieron. Meses después, una investigación judicial forense concluyó que fueron muertes «por negligencia», y que nadie explicó a la pareja con la suficiente claridad que era un embarazo de riesgo que incluía la posibilidad real de que tanto la madre como el bebé murieran si algo se complicaba en el domicilio. La forense Joanne Kearsley calificó el caso como un fallo grave en la atención pública y emitió un informe de prevención de futuras muertes dirigido al Ministerio de Sanidad, al sistema público de salud (NHS England) , al Instituto Nacional para la Excelencia Clínica y a los colegios profesionales de matronas y obstetras. El caso de Cahill se ha convertido en el símbolo de un debate que toca tanto a los partos en el hospital como en casa y, de forma más amplia, que va sobre el auge de los «freebirths» o partos sin asistencia profesional, donde se entrelazan relatos de violencia obstétrica, desconfianza en el sistema estatal de salud, comunidades virtuales con tintes sectarios que promueven el «embarazo salvaje» sin control prenatal y que están llenas de mensajes que prometen experiencias trascendentales. En el Reino Unido, el parto en casa forma parte de la oferta estándar del sistema nacional de salud. Los datos de la Oficina Nacional de Estadística muestran que alrededor del 2% de los nacimientos en Inglaterra tienen lugar en el domicilio, y el NHS explica en sus guías que la mujer puede elegir entre parir en el hospital, en una unidad dirigida por matronas o en el propio hogar, aunque el parto domiciliario solo se recomienda cuando el embarazo se considera de bajo riesgo. La organización Birthrights aclara que dar a luz sin asistencia es lícito en todo el Reino Unido y que ninguna mujer puede ser obligada a aceptar intervenciones contra su voluntad. El límite legal aparece en otro punto. La ley británica establece que un acompañante, ya sea la pareja o una doula, puede, por ejemplo, sostener al bebé al salir, pero no debe actuar como profesional sanitario o se arriesga a una multa de hasta 5.000 libras (casi 5.750 euros). Y aunque las cifras oficiales no distinguen cuántos partos se producen completamente sin asistencia, el fenómeno sigue ganando adeptas. La socióloga Mari Greenfield, investigadora en el King's College London, coordinó durante la pandemia una encuesta en la que alrededor del 4% de las mujeres consultadas declararon haber valorado seriamente un 'freebirth', por miedo al contagio, por las restricciones a la presencia de acompañantes o por el cierre temporal de servicios de parto en casa. Sin embargo, según la revista 'Midwifery', el 'parto libre' rara vez constituye la primera opción de las embarazadas y aparece con más frecuencia como respuesta a experiencias traumáticas previas, a la percepción de un sistema rígido y poco respetuoso o a la imposibilidad de acceder al tipo de parto deseado. Y ahora también, al impacto de ciertas influencers. Los expertos reconocen que detrás de muchas de estas decisiones se encuentra una crisis acumulada en los servicios públicos y el Colegio Real de Obstetras y Ginecólogos ha descrito que los hospitales afrontan plantillas exhaustas y problemas para cubrir turnos. La investigación de las organizaciones Sands y Tommy's, especializadas en salud materna y neonatal, estima que las mejoras en la atención habrían evitado más de 800 muertes de bebés en 2022-2023, y a esto se suma la sucesión de escándalos en varias maternidades, con informes oficiales que describen una cultura tóxica, fallos reiterados y muertes. Sobre este tema, la prensa recoge testimonios de mujeres a las que se negó un parto domiciliario ya avanzado el embarazo, lo que les dejó ante la disyuntiva de acudir a un hospital en el que no confiaban o parir sin asistencia. Este goteo de fallos y cierres refuerza el argumento de mujeres como Jocelyn, vecina de Cardiff, que explicó a la BBC que eligió un 'freebirth' porque, tras un primer parto sobremedicalizado y una atención plagada de intervenciones no deseadas, sentía que la opción más segura para ella consistía en quedarse en casa con su pareja, su hija mayor y una doula. Otra mujer, Lucy Stern , relató que decidió dar a luz sin ninguna intervención después de encontrar un feto de 14 semanas en el váter de un hospital y vivir lo que describió como un trato deshumanizado durante varios abortos espontáneos. Explicó que, lejos de sentirse temeraria, veía el freebirth como la ruta más segura. Las organizaciones profesionales de matronas y obstetras reconocen estas experiencias de trauma y desconfianza, pero insisten en que el parto sin asistencia incrementa considerablemente los riesgos . Kim Thomas, directora ejecutiva de la Birth Trauma Association, considera que, aunque comprende por qué algunas mujeres, después de partos hospitalarios traumáticos, contemplan la posibilidad de un parto en casa, la ausencia de matronas o médicos puede poner en peligro la vida de la madre y del bebé, mientras que el obstetra Pat O'Brien, vicepresidente del Colegio Real de Obstetras y Ginecólogos, ha señalado que las complicaciones que requieren actuación inmediata, como una hemorragia masiva o un recién nacido que necesita ayuda para respirar, convierten en crítico el tiempo de espera hasta llegar a un hospital. Es sobre ese terreno de desconfianza que han proliferado en los últimos años comunidades digitales lideradas por 'influencers' o creadoras de contenido que promueven una visión del parto como un ritual espiritual y natural que no necesita profesionales sanitarios cerca. Una de las más influyentes es la Free Birth Society (FBS), fundada por la estadounidense Emilee Saldaya, que tiene un 'podcast', cursos en línea y programas de acompañamiento alternativo, y que anima a prescindir no solo de matronas, sino también de controles prenatales básicos. Una investigación de un año del periódico 'The Guardian' documentó al menos 48 casos de mortinatos, muertes neonatales o daños graves vinculados a la esfera de influencia de esta comunidad, y el medio afirma haber hallado evidencia sólida de que sus mensajes influyeron en decisiones clave durante el embarazo o el parto. El diario describe además a la FBS como «un negocio multimillonario», con ingresos estimados en más de 13 millones de dólares desde 2018, apoyados en la venta de cursos online. Aunque FBS tiene su sede en Estados Unidos, su influencia es fuerte en el Reino Unido, donde británicas con una presencia importante en redes -que comparten relatos idílicos de nacimientos no asistidos y de embarazos sin controles médicos- ofrecen servicios de acompañamiento remunerado que suele ser virtual. No se presentan como profesionales sanitarias, sino como «birthkeepers» (« soberanas del parto ») y que se forman con un curso de FBS que cuesta unos 6.000 dólares (algo menos de 5.100 euros). La línea que separa el cuestionamiento legítimo a un sistema sanitario en crisis de la desinformación que trivializa riesgos graves resulta no solo difusa, sino incluso mortal. Expertas como la matrona e investigadora Sara Wickham sostienen que muchas mujeres que deciden parir fuera del sistema no lo hacen por desprecio a la ciencia, sino porque consideran que esa es la vía que mejor protege su autonomía y su salud mental tras experiencias traumáticas. Una revisión sistemática publicada en 2024 apunta en la misma dirección al describir el 'freebirth' como una forma de autocuidado en contextos donde no existe acceso a servicios de emergencia, y en los que la relación con el sistema se ha deteriorado hasta el punto de que la mujer percibe mayor riesgo en el hospital que en casa. Así, el debate (y polémica) sobre el 'freebirth' en el Reino Unido se desarrolla en un ecosistema complejo en el que confluyen el derecho indiscutible de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, las carencias estructurales de un sistema que también tiene riesgos y la influencia de comunidades digitales que difunden mensajes peligrosos que contradicen las recomendaciones de la medicina basada en la evidencia. Ante las denuncias en los medios, la fundadora de FBS se defiende en un post en su cuenta de 133.000 seguidoras diciendo: «Hablo a las mujeres como adultas, capaces de discernimiento y responsables de sus propias decisiones» y «soy consciente de que un pequeño número de mujeres han manifestado que me culpan por sus elecciones, resultados o dolor». Pero para ella «nada de esto es nuevo. Los medios han dependido durante mucho tiempo de narrativas basadas en el miedo y relatos selectivos que socavan la confianza de las mujeres en su propio poder» y defiende que «cuando algo es significativo y transformador a nivel cultural, suele ser malinterpretado». Pero para expertas como la abogada Michaela Guthrie, especialista en negligencias médicas del bufete Balfour+Manson, con sede en Escocia, la realidad es otra: «FBS está aprovechando inseguridades profundamente arraigadas de mujeres en su momento de mayor vulnerabilidad, y se ha descubierto que difunde desinformación peligrosa».



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