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La única opción es competir hasta desaparecer: Cómo ‘No Other Choice’ narra uno de los problemas más graves de hoy

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La única opción (No Other Choice, en inglés) es una comedia negra dirigida por el cineasta surcoreano Park Chan-wook, que convierte la competencia laboral en una experiencia extrema. Su protagonista —un hombre común, de mediana edad, empleado durante años en la industria del papel— pierde su trabajo en un contexto de reestructuración empresarial y se enfrenta a un mercado laboral despiadado y cada vez más impersonal.

Desde sus primeras escenas, la película deja claro que no recrea solo una historia individual, sino un mundo regido por la idea de que no hay alternativas posibles. Lo que comienza como una búsqueda razonable de empleo se transforma en un imperativo de supervivencia: para conservar una mínima posibilidad de reinserción profesional, el protagonista entiende que debe deshacerse de sus competidores.

La película explora con humor corrosivo las consecuencias de un sistema que convierte la competitividad en un valor absoluto y el desempleo en una amenaza permanente que reorganiza los vínculos sociales y reemplaza la solidaridad por la sospecha y la empatía por el cálculo.

La única opción es una adaptación de la novela El hacha (1997), de Donald E. Westlake, que fue llevada al cine en 2005 por Costa-Gavras. Mientras aquella versión subrayaba la dimensión política del relato, la adaptación surcoreana desplaza el foco hacia una mezcla de ironía, violencia contenida y comentario social, en un contexto donde el éxito profesional y la productividad funcionan como medidas casi exclusivas del logro personal.

Un horizonte inamovible

El título La única opción remite a una consigna que marcó el imaginario político y económico de fines del siglo XX: “No hay alternativa”. Con esa frase, Margaret Thatcher condensó en los años ochenta la idea de que el capitalismo y el libre mercado constituían el único sistema posible. No se trataba solo de una postura económica, sino de una afirmación cultural: cualquier intento de pensar otra forma de organización era presentado como irrealizable o ingenuo.

Con el tiempo, esa noción de inevitabilidad se filtró en la vida cotidiana. El capitalismo dejó de percibirse entonces como una construcción histórica —con responsables y decisiones— para convertirse en un horizonte inamovible. Ya en el siglo XXI, Mark Fisher sintetizó ese encierro ideológico con una frase célebre: “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

La única opción se inscribe de lleno en ese clima cultural. En lugar de proponer una salida clara o una redención colectiva, lleva hasta el absurdo una lógica según la cual no hay alternativa: solo competir hasta desaparecer. La risa que provoca no libera, incomoda, porque señala hasta qué punto hemos interiorizado esa idea.

Del cine silente al dibujo animado

No es casual que una de las referencias más fértiles para pensar La única opción sea Tiempos modernos (1936), de Charles Chaplin, donde la cadena de montaje devoraba el cuerpo del trabajador, reduciéndolo a un gesto repetido hasta el delirio. Chaplin respondía a la violencia estructural con una comedia física que hacía de la torpeza y el exceso una forma de crítica social.

La película de Park Chan-wook retoma ese modelo, pero lo desplaza hacia un terreno híbrido donde el cine silente dialoga con el dibujo animado. Varias de sus escenas —carreras desesperadas, persecuciones coreografiadas, cuerpos que se disputan un objeto en el suelo— remiten a una estética cartoon, con movimientos exagerados y una fisicalidad que roza lo inverosímil.

Ese registro no funciona solo como estrategia humorística, sino como un dispositivo que produce una risa incómoda, casi infantil, inseparable de la tragedia que la sostiene. Como en Tiempos modernos, la torpeza del protagonista y la forma errática en que intenta resolver su situación no suavizan el conflicto: lo vuelven más evidente.

En ese sentido, La única opción puede leerse como un moderno Tiempos modernos, acorde con una era en la que la cadena de montaje ha sido reemplazada por algoritmos, evaluaciones permanentes y una competencia sin rostro. Un cine en el que el humor nace de la desproporción entre la gravedad de la exclusión definitiva y la precariedad de los medios disponibles para enfrentarla.

Si el personaje de Chaplin quedaba atrapado entre engranajes, el protagonista de Park Chan-wook se atasca en una lógica que no admite desvíos y exige eficiencia absoluta. Así, la referencia al cine silente y el dibujo animado no es nostálgica: subraya que, pese a los cambios tecnológicos, el cuerpo sigue siendo el primer lugar donde se manifiesta la violencia silenciosa del trabajo.

Una pregunta incómoda

El protagonista de La única opción trabaja en la industria del papel, una tradición milenaria que entra en tensión con un mundo dominado por la automatización y la despersonalización del trabajo. Ese choque entre lo antiguo y lo nuevo no es solo económico, sino existencial: en un sistema gobernado por la tiranía de la caducidad permanente, apenas queda lugar para la lealtad o el saber acumulado.

En el filme, la tecnología no aparece como promesa de progreso, sino como un telón de fondo que intensifica la rivalidad y diluye las responsabilidades. No es la tecnología en sí la que resulta ominosa, sino el modo en que jerarquiza el valor del trabajo, dentro de un sistema en el que nadie asume el peso de las decisiones y los individuos, en el mejor de los casos, apenas pueden reaccionar a sus exigencias.

El cierre de la película le devuelve al espectador una pregunta incómoda: si aceptamos que no hay alternativa, ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para seguir adelante? Tal vez el mayor mérito del filme sea obligarnos a mirar de frente esa pregunta, recordándonos que toda “única opción” es, en el fondo, una construcción histórica que podría —y debería— ser pensada de otro modo. Aceptar que no hay alternativa es, también, una decisión.

Trabajo y desempleo en el cine

A lo largo de la historia del cine, el trabajo y el desempleo han funcionado como espejos de las transformaciones sociales y económicas de cada época. Desde la crítica a la industrialización hasta el retrato de la precariedad, estas películas no solo narran historias individuales, sino que configuran un archivo sensible de las formas de exclusión, resistencia y dignidad ligadas al mundo laboral.

  1. Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936) — Estados Unidos. La mecanización del trabajo industrial reduce al obrero a un engranaje. Chaplin convierte la alienación en comedia física y en crítica social.
  2. Ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica, 1948) — Italia. La pérdida de un empleo desencadena una tragedia cotidiana. El trabajo aparece acá como condición mínima de dignidad y pertenencia social.
  3. La gran ciudad (Satyajit Ray, 1963) — India. El choque entre la tradición rural y la vida urbana revela las tensiones del empleo moderno y la fragilidad del individuo en la metrópolis.
  4. Manila en las garras de las tinieblas (Lino Brocka, 1975) — Filipinas. El trabajo precario y la explotación urbana se presentan como formas de violencia estructural.
  5. Tiempo de revancha (Adolfo Aristarain, 1981) — Argentina. El trabajo industrial y la resistencia obrera se cruzan con la represión política durante la dictadura.
  6. Nubes pasajeras (Aki Kaurismäki, 1996) — Finlandia. El desempleo filmado con ironía y humanidad. La solidaridad emerge como respuesta frente a la exclusión.
  7. Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002) — España. El desempleo como experiencia colectiva y como erosión de la autoestima.
  8. Yo, Daniel Blake (Ken Loach, 2016) — Reino Unido. La burocracia y la precarización como formas contemporáneas de violencia.
  9. Nomadland (Chloé Zhao, 2020) — Estados Unidos. Tras la crisis económica, una viuda desempleada decide recorrer el oeste estadounidense, integrándose a una comunidad de trabajadores nómadas.
  10. Perfect Days (Wim Wenders, 2023) — Japón. Una mirada contemplativa sobre el trabajo manual, la rutina y la dignidad silenciosa.



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