Los críticos avisan: la militancia impide centrar al PSOE
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, debe su trono a la militancia socialista, a la que dio amplios poderes hace casi una década. Por eso, cuando anima a quien quiera disputarle el liderazgo a ganarse el fervor de las bases, en realidad está lanzando una advertencia: que las controla y, por eso, es una misión imposible. Ese férreo dominio del presidente del Gobierno es una de las mayores preocupaciones del sector crítico del partido.
Fuentes socialistas descontentas con la dirección avisan de que la «radicalidad» de los militantes es la que impide centrar políticamente al PSOE para alejarle de los nacionalistas e independentistas. El incipiente debate sobre el rumbo de la organización, abierto por dos recientes manifiestos firmados por socialistas descontentos, como el exministro Jordi Sevilla y más de 600 feministas, choca con la posición ultra de las bases y su entrega al «sanchismo». Las fuentes consultadas explican que la crisis de representación política que cristalizó en el 15-M provocó la entrada en el PSOE de personas de izquierda radical, «procedentes de Podemos» y sus círculos. De manera que la base sobre la que Sánchez levantó su liderazgo es la misma que le permite mantenerse en él sin oposición alguna. Hay exdirigentes del partido que ya no reconocen las agrupaciones.
El entorno del secretario general, en conversación con este diario, defiende que tanto «el PSOE como España» han cambiado. Es más, sostienen que la visión de quienes quieren devolver al partido a la etapa anterior a Sánchez «ya no es compatible con la realidad» del país. En cualquier caso, el sector crítico espera que sean los próximos reveses electorales que creen que va a sufrir el PSOE en Aragón, en Castilla y León y en Andalucía, los que despierten a los cuadros medios y al resto de militantes. Como si cada golpe de las urnas provocara una cascada de adhesiones a los manifiestos de marras. En verdad, los socialistas descontentos intentan abrir las ventanas para que entre aire fresco en Ferraz. Todos ellos saben que el ciclo de Sánchez, por mucho que repita que su voluntad es culminar la década, está dando síntomas evidentes de final.
La entrega de poder a las bases por parte de Sánchez supuso una alteración sin precedentes del equilibrio de poder interno en Ferraz; una organización hasta entonces tradicionalmente dominado por los aparatos territoriales y los órganos intermedios. El primer gran salto se produjo en 2014.
El primer gran salto se produce en 2014, tras la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba. Por primera vez, el PSOE eligió a su secretario general mediante el voto directo de la militancia. Sánchez ganó esas primarias frente a Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias.
Ese proceso no solo le otorgó legitimidad formal, sino que situó a la militancia como una fuente de poder alternativa a los barones y al resto de estructuras antiguas de poder. El segundo momento clave llega tras su dimisión forzada en septiembre de 2016, después del conflicto interno por la investidura de Mariano Rajoy.
Una gestora tomó el control del partido y el aparato territorial apostó por Susana Díaz. Sánchez, con la ayuda de José Luis Ábalos, convirtió a la militancia en un actor de reparación interna. Se puso a recorrer España en contra del «aparato» y presentó su candidatura. Se volvió a imponer. Ese resultado consolidó la idea sobre la que el líder socialista ha construido su relato. Cuando hay conflicto entre órganos y militantes, el liderazgo se alinea con estos últimos.
Por eso, nada más recuperar la secretaría general, Sánchez impulsó cambios estatutarios relevantes en el 39 Congreso Federal del PSOE: consagró el voto directo de la militancia para elegir al líder; amplió el uso de las consultas a las bases para tomar decisiones políticas relevantes y se reforzó la idea de «un militante, un voto». Ese fue el proceso con el que Sánchez, lamentan quienes no comulgan con él, recentralizó el poder en él con la legitimidad de los militantes, no de los territorios. Pero los críticos esperan más. En el PSOE son conscientes de que la organización debe vencer la resistencia de los militantes y del resto de cuadros intermedios a hacer autocrítica y abrir debates internos mientras el secretario general esté en la Presidencia del Gobierno.
Las fuentes consultadas sostienen que, desde la llegada de Pedro Sánchez a la secretaría general, el PSOE ha ido estrechando los espacios para la discrepancia interna. A su juicio, el partido ha derivado hacia un funcionamiento marcadamente jerárquico, en el que las decisiones clave –desde la designación de candidatos hasta la configuración de equipos– emanan del liderazgo y son asumidas sin apenas cuestionamiento.
Por eso, estas mismas fuentes celebran cualquier iniciativa que suponga advertir a Sánchez de que el Partido Socialista no es patrimonio suyo. Ni siquiera de los militantes «radicales».
