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Antonio Banderas: «El ser humano necesita expresar su espiritualidad de cualquier forma, también en el teatro»

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Abc.es 
Cuando Antonio Banderas era todavía José Antonio Domínguez Bandera y su carrera de actor era solo un sueño, vio ' Godspell ', un musical de John-Michael Tebelak y Stephen Schwartz basado en el Evangelio de San Mateo y estrenado en 1971 en Nueva York; el propio Tebelak dirigió la puesta en escena madrileña de 1974. Fue un aldabonazo para su vocación. Desde entonces, confiesa el actor y director, «tenía una espinita clavada con esta obra. Yo por aquella época, con 14 o 15 años, me obsesioné con la posibilidad de interpretar a Jesús. Para mí, además, debía llevar el pelo largo, eso era algo impepinable, así que me dejaba el pelo largo; mi madre se enfurecía conmigo porque no le gustaba nada, y yo entonces me lo recogía, me ponía horquillas, una gorra, para que no me lo viera…» Pero por aquel entonces, la compañía de la que formaba parte en su Málaga natal «no tenía un duro». «Teníamos un Ford negro y nada más; ni focos, ni músicos, ni instrumentos, ni nada… Una penuria total». Pasaron los años, y José Antonio Domínguez Bandera se convirtió en Antonio Banderas y se hizo una estrella cinematográfica internacional. Un infarto, lo ha contado en muchas ocasiones ya, le hizo recuperar aquel amor de juventud que era el teatro y 'Godspell' volvió a su 'playlist' de deseos. Coincidió con Emilio Aragón en la grabación de un programa de televisión, y hablaron del musical, el primero que aquel había visto al volver a España tras una larga etapa en América, y en cuyo reparto había estado Rita Irasema, su hermana. El resultado fue una producción que se estrenó en el Teatro del Soho Caixabank de Málaga en noviembre de 2022 dirigida por Aragón. Pero Antonio Banderas quería ir un poco más allá. «Me quedé con ganas de recogerla, de tocarla y de darle un carácter distinto. Me puse a escribir incluso -si me oye Stephen Schwartz me mata-, y he hecho una puesta en escena que le da una identidad al grupo. Los he convertido en un grupo de actores que se han quedado atrapados en una iglesia en ruinas donde tienen sus cosas, mientras afuera hay un conflicto bélico indeterminado. Se escuchan continuamente explosiones; es una metáfora de la vida actual, del mundo en el que estamos viviendo». Tras su estreno en Málaga, este montaje renovado llega al Gran Teatro Pavón de Madrid con un reparto que integran Teresa Abarca, Javier Ariano, Álex Chavarri, Aarón Cobos, Paula Díaz, Ferrán Fabá, Laia Prats, Roko, Estibalitz Ruiz y Hugo Ruiz. — Este musical nació en pleno auge de la cultura 'hippie', para la que Jesucristo era una figura icónica. Hoy se está hablando mucho de la vuelta de los valores religiosos y espirituales al arte: la película 'Los domingos', Rosalía… ¿Qué necesidad tiene el ser humano de expresar su espiritualidad a través del teatro? —Lo necesita expresar de cualquier manera, también en el teatro. Me han preguntado por qué me he metido en una obra que habla de Jesús a estas alturas… Pero si estudiamos el arte, ¿cuál es el personaje que más se ha representado? En el Renacimiento, en el Barroco… Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Mozart… Prácticamente todos los grandes músicos, literatos, pintores… han estado relatando la vida de Jesús a lo largo de los últimos dos mil años… Y sin embargo el mensaje no termina de calar. Jesús vivió en medio de la dominación romana de Galilea, con los fariseos asustados ante los profetas que aparecían, y especialmente Jesús, que arrastraba multitudes; temían que les hiciera la competencia. Así que tenía todas las papeletas para que lo mataran… Hay en su figura varias cosas enigmáticas, inquietantes: en la última cena le dice a Pedro que le va a negar tres veces antes de que cante el gallo. No una, no seis… Tres. Es como si estuviera siguiendo un guion, y eso a mí me servía desde el punto de vista teatral. En 'Godspell' Jesús y Judas son las dos caras de la misma moneda, en realidad se necesitan el uno al otro; Jesús necesitaba de Judas, de su traición en ese ambiente de dominación, en una Jerusalén que todavía hoy sigue siendo machacada. Dos mil años después. Y ahí está el teatro, que es incluso más antiguo que la historia de Jesús. — Y sigue siendo el instrumento que más llega al alma. —Sin duda. Y más en estos momentos en los que la inteligencia artificial empieza a comérselo todo. Yo creo que se va a cargar el cine; no todo, no todo, pero sí la gran industria. Cuando tengan los artilugios que les permita prescindir de los actores, no contarán con nosotros, porque va a ser mucho más barato hacer historias y no tener que estar pendientes de las tonterías de los actores y de los sueldos que cobran. Ese cine se va a acabar. Habrá películas que tendrán que anunciar que están hechas con seres humanos. Y en el teatro tardará más, pero también habrá robots. Pero bueno, nosotros somos de los que defienden al ser humano, ¿no? — Por supuesto. Pero al mismo tiempo, cuanta más IA, más necesidad tendrá el ser humano de humanidad... —Es cierto. El teatro, ahora mismo, se ha convertido en un refugio para la verdad. Hay muchas verdades que se pueden plasmar en un teatro según la ideología que tengas y lo que quieras hacer, pero hay una verdad objetiva que compete a todos los que lo hacemos, y es que hay un grupo de personas en el escenario y otro grupo de personas en el patio de butacas. Y esa unión casi religiosa entre seres humanos en un espacio como es un teatro, un espacio pequeño donde pasan cosas tan grandes, es maravilloso. Eso no va a cambiar; al contrario, creo que se va a revalorizar. —¿Y quiere ofrecer con esta obra algún mensaje al público? —Quiero que se diviertan con lo trascendente. Quiero que desalojen de la espiritualidad esa idea tan seria y tan espesa que generalmente tiene, y que se vea un rayo de esperanza en la sonrisa y en esas caras pintadas de payaso. A mí me gusta que los actores se pinten de payaso y lo hacemos en la obra. Hay un momento en el que se retira todo de escena, Judas les va indicando lo que tienen que hacer y se pintan de colores. Es para ridiculizarnos un poco, para quitarnos importancia y esa pesadez del ser humano, de la espiritualidad y de lo trascendente, y que sea una cosa mucho más liviana, más llevadera. Que, de alguna forma, no nos tomemos en serio. Y, bajo mi punto de vista, funciona.



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