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Ingeniería emocional: la ventaja competitiva que México sí puede construir

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A 15 años de su publicación, “Emotional Engineering: Service Development”[1] se lee como un recordatorio incómodo para esta época: la ingeniería no nació del “cálculo perfecto”, sino de una fuerza mucho más humana - la emoción como impulso de salir, explorar y crear herramientas sin tener toda la información disponible. El libro editado por el Prof. Shuichi Fukuda insiste en que la emoción no es un adorno blando: es el motor que empuja la acción, la motivación y la capacidad de decidir cuando el mundo se vuelve incierto. Por eso el libro todavía encaja tan bien con el escenario internacional actual, donde la estabilidad ya no se da por sentada y competir se parece menos a seguir un manual, y más a navegar tormentas.

El argumento central es claro: el siglo XX fue un “mundo cerrado”, con trayectorias relativamente previsibles; el siglo XXI es un “mundo irremediablemente abierto”, con cambios frecuentes, fronteras borrosas y Trumpesas (sic) constantes. En un mundo tan complejo no alcanza solo con optimizar tácticas; se necesita estrategia.

Y ahí entra la emoción como brújula: un mecanismo de dirección y balance, lo que el libro conecta con el “sentido común” de Aristóteles. En otras palabras, cuando la complejidad y la incertidumbre crecen, la emoción bien racionalizada deja de ser ruido y se vuelve guía para decidir.

En paralelo, el libro captura un giro que hoy ya es evidente en toda la creciente economía digital e industrial: pasamos del diseño centrado en el productor al diseño centrado en el usuario. Pero no porque “el cliente siempre tenga la razón”, sino porque el usuario es quien ve el contexto real y quien puede responder en tiempo real. Esto obliga a que IA, máquinas y humanos trabajen cada vez más como equipo, con sensores (IoT), información y colaboración dinámica.

Y aquí aparece una idea potente para México y América Latina: el usuario no es consumidor pasivo; es exigente, creativo, adapta, reinterpreta, personaliza - crea valor con el producto y también con la experiencia de usarlo. Los ejemplos que el libro pone (niños inventando nuevas maneras de deslizarse, jóvenes transformando ropa en “historia”) no son trivialidades: son evidencia de que la creatividad del usuario es parte de la innovación real.

En ese marco, México y Latam tienen una ventaja cultural que rara vez se escribe como estrategia industrial: somos regiones con fuerte tejido social, con comunidades vibrantes, con energía colectiva - y sí - también, con altos niveles de alegría y una ética de trabajo brutal. En un mundo donde los productos “funcionan” pero no enamoran, donde la diferenciación ya no es solo técnica sino experiencial, diseñar servicios humanos, confiables y cercanos deja de ser un lujo y se vuelve ventaja competitiva. Eso es exactamente lo que el libro de Fukuda está insinuando cuando habla de pasar de la entrega de producto a la construcción de procesos y servicios que generen valor compartido.

Pero aquí viene el giro que más nos urge en 2026: la nueva industria global es más exigente y mucho más competitiva, y no va a esperar a que formemos talento “algún día”. Si la tesis del libro es que el mundo abierto exige ciclos rápidos de aprendizaje, prototipado y reformulación de problemas, entonces la conclusión es directa: tenemos que impulsar vocaciones tempranas en ciencia, ingeniería, tecnología y diseño desde edades donde todavía se construye la identidad intelectual. No solo “para tener ingenieros”, sino para tener una generación con reflejos de mundo abierto: curiosidad, iteración, resiliencia, capacidad de experimentar y corregir.

Los diversos autores del libro explican con una metáfora poderosa: como los bebés, primero exploramos de forma caótica, luego construimos modelos mentales, y después nos movemos con coordinación. Ese ciclo es aprendizaje en estado puro.

Y hay una razón adicional, muy concreta, que hoy cambia el juego. Antes, muchas regiones competían en desventaja porque no tenían acceso a los libros, a los papers, a los laboratorios, a las redes de conocimiento. Hoy eso se rompió. Con internet, el acceso a material bibliográfico es radicalmente mayor: miles de cursos, repositorios abiertos, artículos, y decenas de miles de PDFs de patentes consultables - g r a t u i t a m e n t e - en línea (por ejemplo, en Google Patents). Eso significa que ya no estamos peleando solo por “información”, sino por algo más difícil: capacidad de convertir información en criterio, y criterio en ejecución.

En el lenguaje del libro: ya no basta consumir conocimiento; hay que co-crear valor con él, en interacción con el entorno, y con ciclos de diseño centrados en quien realmente enfrenta el problema.

Si México y América Latina tomáramos este libro como inspiración, el mensaje no sería romántico: sería táctico. La emoción como brújula no es cursilería; es una disciplina de enfoque en un mundo con demasiadas opciones. Y las vocaciones tempranas no son un “proyecto educativo bonito”; son la base de una industria capaz de competir cuando todos tienen acceso al conocimiento, pero pocos tienen el temple y la práctica para transformarlo en productos, servicios, startups, cadenas de valor y soberanía tecnológica. Eso sí, se requiere inversión, además de abundante, inversión inteligente.

[1] Fukuda, S. (Ed.). Emotional Engineering: Service Development. Springer, 2011. ISBN 978-1-84996-423-4.




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