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Demasiadas casualidades

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Por desgracia, los tiempos para la alta velocidad española no son buenos. A Óscar Puente se le podría recordar aquello de «dime de qué presumes y te diré de qué careces», pues dijo que «el ferrocarril en España vive el mejor momento de su historia», y ya vemos cuál es la realidad. Es frecuente que quien alardea de algo es porque trata de ocultar una inseguridad, revelando la carencia por medio de su vanagloria. Afirmó que íbamos a ser, junto con China, el único país donde habría alta velocidad a 350 kilómetros/hora, y vemos cómo hay que rebajar esa velocidad a 160, siquiera de manera temporal.

Hubo que aminorarla porque los maquinistas no quieren ir a «alta velocidad» en los tramos en los que los convoyes vibran más de lo normal. En Japón, Corea del Sur o China, en los trenes que van a más de 300 kilómetros, prácticamente no hay vibraciones. Lo he vivido en el Meglev de Shanghái, y doy fe.

Pero ¿acaso es que son las vibraciones el motivo del accidente de Adamuz? Da igual, el motivo será el que concluya la investigación, pero no debe haber vibraciones. En la Alta Velocidad no puede haber vibraciones, porque de lo contrario estaremos hablando de una Velocidad Alta Deficiente.

Que es lo que hemos estado viviendo en España, reflejado en las denuncias de los maquinistas y de los propios usuarios, metidas en el saco roto de Adif, empresa pública famosa en los últimos tiempos más por algunos casos de corrupción que se le asocian colateralmente, que por la gestión de sus vías férreas y estaciones de tren.

Nos enteramos por estas páginas que los mismos gestores que avalaron las obras de Adamuz adjudicaron también el contrato de mascarillas del «caso Koldo». Y es sabido por otros medios que la adjudicataria del contrato para la renovación del tramo de línea férrea siniestrada fue una UTE en la que figuraba Azvi, firma en la que Koldo García, mano derecha de Ábalos, ejercía como asesor. Dice el Gobierno que no existen indicios de que la obra en la que participó esta empresa hubiera podido influir en un posible el mal funcionamiento de las vías, y menos aún vincularlo al accidente. Es lógico que se diga, y lo más normal es que así sea. El problema es que son demasiadas sorpresas vinculadas a personajes parecidos.

Como ha dicho Abascal, no se pueden cerrar los ojos al hecho de que el anterior ministro de Transportes, responsable de la red ferroviaria, está en prisión; un consejero de la red de mercancías esté encarcelado, e incluso la expresidenta de Adif esté imputada. Se da la circunstancia de que Azvi ha sido señalada por Aldama por supuestos amaños en la adjudicación de obras y por una presunta vinculación con el «caso Koldo», siendo el propio Koldo García contratado como asesor.

Todo casualidad, seguro. Aunque no podamos ocultar que el nombre de Adif salga otra vez comprometido, igual que cuando se la señala por haber autorizado la «reutilización» de material debido a los altos costes. Algo que no debería ocurrir, pues reutilizar es usar material de segunda, y en alta velocidad todo ha de ser de primera.

Un problema de seguridad se puede producir incluso invirtiendo mucho dinero, ciertamente. Pero es obvio que siempre es más difícil que cuando se reduce el gasto en mantenimiento de las vías férreas en más de un 10 por ciento en pleno récord de viajeros, como ha pasado aquí.

No solo dedicamos menos a mantenimiento que Francia e Italia, sino que estamos incluso por debajo de Polonia, República Checa o Noruega, cuya alta velocidad, en comparación, es insignificante.




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