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El microondas es cosa del pasado: la tendencia ahora es calentar la comida de esta antigua manera

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Desde hace décadas, el microondas ha sido el mejor amigo de la persona que saca mucho tiempo para cocinar y no se complica demasiado para comer. Este aparato se ha convertido en sinónimo de rapidez, practicidad y vida acelerada. Bastan unos minutos, a veces segundos, para tener la comida lista. Sin embargo, algo está cambiando en las cocinas. Las nuevas tendencias de consumo apuntan a una transformación profunda en la forma de relacionarnos con los alimentos, incluso cuando se trata de recalentar unas sobras.

No es una moda pasajera ni una simple nostalgia culinaria. Distintos análisis del mercado de electrodomésticos y del comportamiento del consumidor anticipan que en los próximos años se consolidará un giro hacia métodos más cuidadosos, donde la calidad del plato vuelve a imponerse a la prisa.

Las críticas al microondas no son nuevas, pero ahora ganan peso. Muchos usuarios señalan un problema recurrente cuando calientan algo en el microondas: la pérdida de textura. Platos que salen resecos por fuera, fríos por dentro o con una consistencia irreconocible. Pastas gomosas, arroces endurecidos y carnes como la suela del zapato han llevado a cuestionar si la comodidad justifica el resultado final.

A esto se suma una percepción creciente, no siempre bien explicada, pero muy extendida, de que la comida “real” merece un trato más respetuoso. El acto de comer vuelve a entenderse como algo más que una necesidad funcional: es una experiencia que empieza en la cocina.

El método para calentar la comida que deja atrás al microondas

El método que resurge con fuerza es tan antiguo como eficaz: un hornillo o el fuego pequeño de la vitrocerámica. Recalentar en sartén o cazo, a fuego medio o bajo, permite que el calor se distribuya de manera uniforme y que los sabores se reencuentren. No es (tan) inmediato, pero el resultado marca la diferencia.

En platos con salsa, guisos o pastas, el fuego lento evita que los alimentos se resequen o pierdan su estructura. Remover con paciencia, añadir un chorrito de agua, caldo o aceite y ajustar el punto de calor devuelve la vida a comidas que parecían condenadas a ser un simple trámite.

Además, este método ofrece un valor añadido: la posibilidad de mejorar el plato. Un toque de especias, hierbas frescas o incluso un ingrediente nuevo transforma unas sobras en una comida renovada, lejos del aspecto uniforme y artificial que deja el microondas.

Otra técnica que gana adeptos es el uso del horno para recalentar. Ajustar el termostato entre 80 y 120 grados permite que el calor envuelva el alimento de forma progresiva, sin agresiones térmicas. Es especialmente eficaz en platos complejos como lasañas, canelones, asados o verduras al horno.

Este sistema requiere planificación y tiempo, pero los beneficios son claros: carnes jugosas, capas bien integradas y una textura final muy similar a la del primer día. Lejos de perder propiedades, muchos platos mejoran tras un recalentado lento y controlado.

El declive del microondas no implica un rechazo a la tecnología. Al contrario. La cocina doméstica está adoptando dispositivos que combinan rapidez con respeto por el alimento. Las freidoras de aire, las ollas eléctricas multifunción y los sistemas de cocción programable incorporan sensores que regulan temperatura y humedad, evitando uno de los grandes problemas del microondas como es el secado excesivo.

Estos aparatos responden a una demanda clara: comer mejor sin renunciar del todo a la comodidad pero tampoco al sabor. No se trata de volver atrás, sino de avanzar con criterio.

El abandono progresivo del microondas refleja algo más profundo que una preferencia técnica. Es el síntoma de un cambio cultural. Calentar la comida “como lo hacía la abuela” no es un gesto romántico, sino una declaración de intenciones: menos prisa, más atención y más respeto por lo que llega al plato. Y, al final, el tiempo invertido se nota en cada bocado.




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