Cita con la conciencia
Hago de cuenta que el ayer es una convención del calendario, como el hoy y el futuro, simples puntos de referencia de un devenir que nos va moldeando. Somos figuras de arcilla con memoria, afanes y aspiraciones. Anclado en un reducto de mis recuerdos, desprendo de los anaqueles del tiempo la hoja de un calendario en un día cualquiera de 1962.
Me veo entrar de mañanita en la iglesia de San Francisco (distrito segundo de Goicoechea). Camino hacia el confesionario, dispuesto a cumplir con el requisito previo al pan espiritual de los “Primeros Viernes”, devoción católica al Corazón de Jesús, precepto que asumimos al hacer la Primera Comunión. Antes de llegar a ese habitáculo de madera –tan similar a un templo en miniatura–, me entretengo mirando los cuadros del viacrucis, quizás como un ralentí para superar esa prueba que infunde cierto temor. Me arrodillo; el cura descorre la cortina y ordena: “Diga sus pecados”.
Casi inadvertida, mi voz enumera dos o tres travesuras, no porque sea un santo, sino porque este carajillo con diez años de edad, nervioso y tímido, educándose entre el hogar y la escuela con valores, persuasión y chancleta, no califica, ni por asomo, al estatus de un pecador. “Tres avemarías y un padrenuestro” es mi penitencia. Abandono el confesionario, tomo del bolsillo del pantalón corto el carrito de juguete que “conduzco” en el relieve de las paredes en esa iglesia de ladrillo, en el barrio donde nací, de insospechada belleza cuando el sol vespertino enciende las tonalidades en marrón del vetusto santuario.
En ese devenir que refiero y nos va forjando, recuerdo que hoy, domingo 25 de enero de 2026, han transcurrido más de seis décadas de “mis primeros viernes” y aunque “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” –como escribió Pablo Neruda–, procuro orientar mi conducta personal afín a la tradición cristiana que nos legaron padres y abuelos, aunque he dejado de visitar los recintos de contrición y enmienda.
Una cosa lleva a la otra. De hoy en ocho días, el primer domingo de febrero, mi caminata habitual me conducirá a ejercer otra liturgia. Será en la mesa 93 de la Escuela Napoleón Quesada, Zapote, donde haré uso de mi derecho al sufragio. Presentaré a los delegados la cédula, recibiré las boletas y, a solas con mi conciencia, marcaré la decisión que depositaré en las urnas. A mis 73 años, este será un nuevo encuentro con mi conciencia, mi decimocuarta participación electoral desde los comicios de 1974, cuando voté por primera vez.
Antes fue la huella dactilar; ahora, un lapicero atado a un pupitre me servirá para trazar la equis en la casilla de la persona cuyos valores cívicos siento que mejor me podrán representar. Puedo traducir la intención de mi voto en una petición fundamental: que el decoro, la dignidad y la decencia se restablezcan en la Casa Presidencial.
Una vez ejercida mi obligación ciudadana, volveré satisfecho a casa. Disfrutaré el desayuno dominical en mi hogar, con la bendición de los alimentos y la oración sincera para que el Creador dispense de lo esencial a cada familia en el territorio nacional.
Los costarricenses seguimos siendo labriegos sencillos, amantes de la paz. Que no nos la arrebaten, que por encima de las diferencias ideológicas y de cualquier índole, demostremos que somos capaces de reconstruir los puentes de la concertación y el diálogo, vías indispensables para espantar a los demonios del odio y la criminalidad. Nos asiste el derecho de exigir que los nuevos gobernantes ejecuten acciones concretas y realistas en función de atenuar la desigualdad y la pobreza extrema, en el marco sagrado de nuestra identidad civilista.
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Roberto García Herrera es periodista.
