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Январь
2026

Diálogo necesario

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Presuroso y pensativo caminaría hoy el Maestro, 173 años después de su natalicio, si por algún poder divino pudiera burlarse de la muerte, con la excusa al menos de un bien mayor para la humanidad. Porque José Martí fue un hombre de talla universal, que, durante sus años de tránsito por este espacio terrenal, dio cátedra de valor y virtud humana.

Si su mirada pudiera posarse hoy en esta tierra a la que tanto sacrificio dedicó, ¿qué razonaría el Apóstol con su singular agudeza mental? Vendría, sin dudas, con preguntas apretujadas en sus labios, y sus análisis, seguramente, nacerían del contacto con el gesto de los niños, del sudor de los trabajadores, del rumor de las conversaciones en las colas bajo el sol.

Vería el bloqueo, lo nombraría con sus palabras exactas, «barbárico», «cruel» y «genocida». Reconocería en esta política de asfixia económica de más de seis décadas el mismo espíritu expansionista y dominador que él combatió hasta su último aliento en Dos Ríos. 

Su pluma se encendería nuevamente para narrar cómo ese cerco lastra la capacidad de las familias de vivir sin privaciones. Y afanado desenmascararía la crueldad de quien se cree «emperador del universo», amenazando la soberanía de diferentes naciones y la paz mundial, por su vulgar ambición. 

Luego miraría más hondo. Más allá de la política, buscaría el alma de la nación. Vería a sus «pinos nuevos» en uniformes escolares, con pañoletas azules y rojas, caminando hacia una escuela pública que, a pesar de la escasez de materiales y las grietas en los muros, sigue siendo bastión de acceso universal y formación humanista. 

Vería la chispa de inteligencia en aquellos ojos durante una clase de Historia, la concentración en talleres de computación con equipos envejecidos, la disciplina en un matutino donde se canta a la Patria. Reconocería en sus aulas uno de los principios que él defendió, «ser culto es el único modo de ser libre». Y allí, en esos rostros, encontraría una de las victorias más preciadas de la nación que soñó. 

Pero su mirada penetrante, acostumbrada a ver más allá del velo, no se detendría ahí. Percibiría la sombra de las dificultades materiales en la ligera complexión de algunos, en la mochila que quizá no lleve todos los libros, y en el comentario susurrado sobre la comida. 

Aquel que dijo: «Los niños nacen para ser felices» sentiría un nudo en la garganta al saber que algún niño duerme en un cuarto húmedo, que alguna familia lucha diariamente por llenar la mesa. Su crítica, feroz y constructiva, se alzaría contra cualquier obstáculo que empañara el desarrollo pleno e inocente de la niñez. Lo denunciaría con la prosa certera que combatía los males de su época, porque para Martí la justicia social era la medida concreta de la dignidad del pueblo.

Asimismo, reconocería el heroísmo anónimo que reside en la resistencia del maestro que crea sin recursos, el médico que sirve en un consultorio rural, los abuelos que transmiten la memoria en los portales, la red de solidaridad nacional e internacional que se moviliza para sortear dificultades en nombre de Melissa y Oscar.

Vería un pueblo que, a pesar de todo, no se ha rendido. Que defiende su soberanía con la terquedad con que él defendió la independencia. Sin embargo, nos interpelaría, como nos pudiera interpelar desde los monumentos. 

Nos diría que la obra de la dignidad nacional, por la que él murió, está en permanente construcción, y señalaría, con mayor intensidad que los logros, las deudas pendientes, las injusticias que claman ser resueltas, las necesidades que hieren el proyecto de una república «con todos y para el bien de todos».

Su llamado final, probablemente, sería a la diversidad creadora, no a la unanimidad cómoda. A la crítica honesta y patriótica que no «le hace el juego al enemigo», sino que perfecciona la obra. A poner siempre a los niños en el centro, porque en su bienestar presente está la medida real del futuro que deseamos edificar.

Martí sería, una vez más, actor incómodo y necesario. Poeta inconforme, luchador incansable por una realidad hermosa y justa para los hijos de la tierra que amó más que a su propia vida. Su presencia espiritual debe interpretarse como inquietud sagrada, que impulse a corregir, de la mano del pueblo, y a la vez, exhorte a proteger los destellos de plenitud humana que él soñó, siempre por el camino de la dignidad.




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