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Dana White y la UFC: demandas, poder y una industria edificada sobre la ignorancia del peleador

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Durante más de dos décadas, la Ultimate Fighting Championship (UFC) ha sido presentada como el rostro visible de las artes marciales mixtas modernas: un espectáculo global, contratos millonarios y eventos al nivel de los deportes más lucrativos del mundo. Sin embargo, detrás del brillo comercial y la expansión meteórica, una serie de demandas y testimonios han puesto sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿a qué precio se ha construido ese éxito, y quiénes han pagado realmente la factura?Lo que se discute hoy en tribunales y en foros públicos no es un escándalo personal ni una acusación criminal contra individuos aislados. Lo que está en juego es una estructura de poder empresarial que ha condicionado la libertad laboral, la salud física y el futuro económico de quienes ponen el cuerpo en la jaula. Y en el centro de esa estructura está una figura ineludible: Dana White, presidente de la UFC.El corazón del litigio: antimonopolio y contratos restrictivosEn 2014, un grupo de expeleadores encabezado por Cung Le, Nate Quarry y Jon Fitch presentó una demanda antimonopolio contra la UFC (entonces Zuffa LLC). Los demandantes argumentaron que la empresa operaba como un monopolio y monopsonio (que no opera en competencia perfecta) controlando no solo el mercado de las artes marciales mixtas profesionales, sino también las condiciones bajo las cuales los peleadores debían trabajar y competir.La demanda señalaba que la UFC utilizó contratos exclusivos de larga duración, cláusulas de arbitraje obligatorio y renuncias colectivas que impedían a los peleadores negociar con otras promotoras o llevar adelante demandas conjuntas en tribunales, limitando así su libertad de mercado y su potencial de ingresos.Tras años de litigio, un juez federal preliminarmente aprobó en 2025 un acuerdo 375 millones de dólares para resolver la primera fase de ese caso, relativa a peleadores activos entre 2010 y 2017. El acuerdo, supervisado por el tribunal, permite compensaciones para alrededor de mil 100 atletas que presentaron reclamos válidos. Sin embargo, esa cifra solo cubre una franja temporal del conflicto. Existen nuevas demandas antimonopolio presentadas por peleadores posteriores a 2017, que buscan no solo compensaciones, sino modificaciones estructurales en los contratos de la UFC, incluyendo la eliminación de cláusulas de arbitraje y renuncias colectivas que, según los demandantes, coartan derechos básicos de negociación. En diciembre de 2025, un juzgado emitió una orden para que Dana White declare en una audiencia sobre posibles omisiones de evidencia (destrucción de pruebas) en el litigio. Si se comprueba que la UFC no produjo información solicitada, esa falta de transparencia podría debilitar su defensa en las demandas actuales y futuras. Voces desde la jaula: lo que dijeron los peleadoresLos documentos presentados ante la Corte por los propios peleadores no son anécdotas vagas ni discursos de comités: son declaraciones personales, detalladas y en primera persona, donde describen consecuencias profundas de sus carreras. Todos estos testimonios están incluidos en los expedientes de apoyo a la demanda antimonopolio, y forman parte de las más de 150 cartas enviadas por 56 expeleanadores y luchadores actuales al juez para ratificar la urgencia del caso. Spencer Fisher, con 17 peleas en 12 años en la UFC y hoy declarado discapacitado permanentemente e incapaz para trabajar, describió un panorama de secuelas físicas y neurológicas:“Mientras peleaba para la UFC, sufrí muchas lesiones significativas incluyendo manos rotas, hombro desgarrado, retina desgarrada, cuello fusionado, discos abultados; he tenido dos punciones espinales que muestran presencia de proteína Tau, indicador positivo de demencia. Temo haber sufrido lesión cerebral traumática (TBI) y notar síntomas comunes con TBI y CTE, incluyendo depresión, cambios de humor e irritabilidad. Este dinero sería verdaderamente transformador para mí”. Wanderlei Silva, miembro del Salón de la Fama y veterano de múltiples títulos, también detalló daños que asegura lo afectan hoy:“Mientras peleaba para la UFC, sufrí muchas lesiones incluyendo contusiones. Temo que durante mi carrera he sufrido lesión cerebral traumática (TBI) y noto síntomas como depresión, cambios de humor e irritabilidad; sufro apnea del sueño y dificultad para dormir y respirar. He tenido cuatro cirugías en la nariz, 1 en la cara, 2 en la rodilla izquierda, 1 en la rodilla derecha y 1 en el codo. Estas sumas me permitirían obtener la atención médica que necesito y mantener un techo sobre mi cabeza y comida en mi mesa”. View this post on Instagram

Cung Le, uno de los demandantes originales, dejó claro el impacto económico que ha tenido su salud postcarrera:“Debido a las limitaciones de mi salud, he dependido de un amigo para cubrir necesidades esenciales como alimentos y vivienda. Sin este apoyo, probablemente tendría que declarar bancarrota y solicitar discapacidad para manejar necesidades básicas y atención médica”. Shane Carwin, ex campeón interino de peso pesado, declaró que incluso con un título universitario no puede sostener un empleo debido a los efectos de su carrera:“A pesar de tener un título en ingeniería, no he podido mantener un trabajo adecuado debido a problemas de salud continuos. Me enfrento a serios desafíos para cubrir gastos cotidianos como comida, vivienda y transporte. Estos fondos permitirían que yo obtenga la atención médica que necesito”. Además de estas voces emblemáticas, una segunda ronda de testimonios profundiza aún más en los efectos físicos de las peleas y las prácticas internas del deporte:Felice Herrig, con cinco peleas en el período cubierto por la demanda, relató la acumulación de lesiones y su impacto:“Pelear para la UFC fue lo que pensé que sería mi sueño, pero la realidad es que terminé con un cuerpo desgastado, depresión severa y casi nada que mostrar por los años compitiendo en la cima del deporte; sufrí una serie de lesiones incluyendo desgarros en ligamentos de la rodilla que todavía me causan problemas y requerirán mantenimiento físico de por vida”. Jessica Eye, retirada en 2022, describió el costo físico y mental de las peleas:“Mientras peleaba para la UFC, sufrí muchas lesiones significativas, incluyendo a mi codo izquierdo, fallo renal y sepsis tras un corte de peso brutal que causó daño permanente… Durante mi carrera también sufrí docenas de conmociones. Temo que he sufrido TBI y CTE con síntomas de ansiedad, depresión, sensibilidad a la luz, dolores de cabeza y pérdida de memoria… Fui hospitalizada por 32 días por PTSD y TBI.” View this post on Instagram

​Gina Mazany y Joe Riggs reportaron complicaciones derivadas de cortes de peso extremos y múltiples cirugías, mientras Alexander Yakovlev detalló cómo un descenso de peso especialmente difícil detuvo su salud y su carrera:“Tuve cerca de 10 conmociones. El corte de peso de 2015 me dejó problemas con el sistema cardiovascular y nervioso; mi memoria empeoró, me volví emocionalmente inestable, y mi sueño empeoró”. Uno de los cuestionamientos más claros al discurso oficial de la UFC sobre una supuesta mejora en la compensación de los peleadores llegó desde dentro del propio estelar de la empresa. Justin Gaethje, ex campeón interino y uno de los rostros más reconocibles del roster, desmintió públicamente que el nuevo acuerdo de transmisión haya impactado su salario.“Yo no estoy recibiendo ni un dólar más de lo que habría recibido si este acuerdo no hubiera sucedido”, declaró durante la semana de medios previa a UFC 324. Gaethje también puso en contexto el esquema de bonos que suele presentarse como incentivo económico: “Tener 14 bonos y que no sumen ni un millón de dólares no está bien. Debería ser mucho más”, afirmó, al subrayar que incluso los peleadores más visibles siguen sin ver reflejado en su bolsillo el crecimiento multimillonario del negocio.Estos testimonios no son frases aisladas de nostalgia: fueron presentados en documentos judiciales ante la Corte federal estadunidense para respaldar la urgencia del litigio y la aprobación de un acuerdo que, de acuerdo con las estimaciones incluidas, podría promediar alrededor de 250 mil dólares por peleador tras deducciones de honorarios y costos. La acumulación de lesiones, los efectos cognitivos prolongados y la inestabilidad económica que reflejan estas cartas no solo dan contexto humano a la disputa legal: sirven como evidencia directa de por qué los demandantes insisten en que el sistema contractual actual “no protege adecuadamente” a quienes arriesgan su cuerpo noche tras noche.La versión de Dana White: el contrasteLa UFC no ha ignorado las críticas; ha respondido públicamente y en documentos judiciales que discrepa de los fundamentos de las demandas, defendiendo su modelo contractual y operacional. En declaraciones oficiales, la empresa ha dicho que las disputas legales se resolvieron sin introducir cambios a su modelo de negocios existente, más allá de la compensación económica acordada. En el contexto del lucrativo contrato de transmisión de la UFC con Paramount, según documentos públicos y reportes financieros está valuado en 7,700 millones de dólares por siete años, Dana White ha reiterado que los peleadores se beneficiarán del crecimiento financiero de la empresa, enfatizando aumentos en bonos de desempeño y nuevas modalidades de compensación. Frente a los testimonios de peleadores que describen precariedad económica, secuelas físicas y falta de protección a largo plazo, Dana White ha defendido de manera consistente el modelo de compensación de la empresa y ha rechazado la idea de que exista un problema estructural de pago.En entrevistas con medios estadunidenses, White ha sostenido que los peleadores reciben una remuneración acorde a su desempeño y a la lógica del negocio.“A estos tipos se les paga exactamente lo que se supone que se les debe pagar. Comen lo que matan”, Dana White, en entrevista con ESPN, al ser cuestionado sobre un posible aumento salarial para los peleadores.White también ha negado que el crecimiento financiero de la UFC implique necesariamente una redistribución directa de ingresos hacia los atletas:“Nunca va a suceder mientras yo esté aquí”,Dana White, al descartar públicamente un cambio en el modelo de pago o la implementación de un esquema similar al de ligas con sindicatos.Ante las críticas de peleadores como Justin Gaethje, que aseguran no haber visto mejoras económicas tras el nuevo acuerdo de transmisión, White respondió que la narrativa de estancamiento salarial es incorrecta: “A Gaethje se le ofreció más dinero. Los peleadores se van a beneficiar financieramente de este acuerdo”.En otro momento, White defendió a la UFC comparándola con otros deportes de combate y minimizando las quejas sobre compensación: “La mayoría de los peleadores de la UFC ganan más que la mayoría de los boxeadores”.Mientras los peleadores describen lesiones permanentes, incertidumbre económica y falta de protección tras el retiro, la postura de Dana White se mantiene firme en una lógica de mercado basada en rendimiento individual y control empresarial. El choque entre ambas narrativas —una desde el cuerpo que recibe el castigo y otra desde la estructura que administra el negocio— es hoy uno de los ejes centrales del debate que rodea a la UFC.Más allá de la jaula: salud y seguridadTestimonios incorporados en documentos judiciales incluyen descripciones de cortes de peso extremos, visitas al hospital por complicaciones y síntomas persistentes de trauma cerebral, que según los peleadores superan el mero desgaste deportivo y plantean interrogantes sobre la atención médica disponible para ellos dentro y fuera del contrato. Más allá del discurso empresarial y de la épica del octágono, la discusión sobre las condiciones de los peleadores se sostiene también en la evidencia médica. Estudios clínicos publicados en Neurology y desarrollados dentro del Professional Fighters Brain Health Study han documentado que una proporción significativa de atletas de deportes de combate —incluyendo MMA— presenta signos compatibles con síndrome de encefalopatía traumática (TES), una condición clínica asociada a golpes repetidos en la cabeza y considerada antesala de la encefalopatía traumática crónica (CTE). En una muestra de peleadores profesionales y retirados, alrededor del 41 por ciento cumplía criterios clínicos de TES, con afectaciones en memoria, velocidad cognitiva, regulación emocional y reducción de volumen cerebral observada mediante resonancias magnéticas. Aunque el diagnóstico definitivo de CTE solo puede confirmarse post-mortem, la comunidad médica coincide en que la exposición prolongada a traumatismos craneales —frecuentes en la MMA— representa un riesgo neurológico real y acumulativo.¿Cómo se compara la UFC con otros deportes?La crítica central de la demanda y de varios peleadores es que, a diferencia de ligas consolidadas como la NFL, NBA o MLB, donde los atletas negocian colectivamente a través de sindicatos y reciben cerca de la mitad de los ingresos generados, los peleadores de UFC no gozan de representación colectiva ni de una división de ingresos similar. Además, mientras que otras organizaciones deportivas ofrecen seguro médico integral y beneficios postcarrera, muchos peleadores de MMA —que enfrentan lesiones graves, concusiones repetidas y desgaste físico significativo— han señalado la falta de una red de protección comparable.La autoridad: entre la regulación mínima y la omisión estructuralAnte los señalamientos por daños físicos, secuelas neurológicas y condiciones contractuales adversas, la pregunta inevitable es qué papel juegan las autoridades deportivas y sanitarias en el ecosistema de la MMA. La respuesta es tan clara como incómoda: regulan la pelea, pero no protegen al peleador a largo plazo.En Estados Unidos, la supervisión recae principalmente en las Comisiones Atléticas Estatales (Nevada, California, Nueva York, entre otras). Estas autoridades se encargan de licencias, exámenes médicos previos, suspensiones temporales tras nocauts y controles antidopaje. Sin embargo, su alcance termina prácticamente cuando el peleador abandona la arena. No existe una obligación institucional de seguimiento neurológico longitudinal, ni de atención médica permanente, ni de pensión por incapacidad derivada de la actividad profesional.A nivel federal, el Muhammad Ali Boxing Reform Act, diseñada para proteger a boxeadores de abusos contractuales, no aplica a la MMA, pese a que los riesgos físicos son comparables o incluso mayores. Diversos intentos legislativos por extender esta ley o crear un marco similar para las artes marciales mixtas han sido bloqueados o diluidos por presión de la industria y vacíos legales sobre la clasificación laboral de los peleadores.Las autoridades sanitarias, por su parte, han documentado los riesgos —con estudios sobre traumatismo craneoencefálico, CTE y deterioro cognitivo— pero carecen de poder regulatorio directo sobre las empresas promotoras. El resultado es un sistema fragmentado: la medicina alerta, las comisiones administran eventos, y las ligas privadas deciden las condiciones económicas y contractuales sin contrapesos efectivos.En la práctica, esto deja a los peleadores en una zona gris: aprobados para competir, pero desprotegidos para vivir después. La autoridad existe, pero su función se limita a garantizar que el espectáculo ocurra, no a hacerse cargo de las consecuencias humanas que deja.Un deporte en tensión. Hoy, Dana White no enfrenta cargos ni condenas personales, pero las demandas plantean un desafío profundo al modelo de negocio de la UFC: si el éxito financiero de las MMA se ha construido sobre la imposición de contratos restrictivos y la asimetría de poder entre la empresa y sus peleadores.Las respuestas de la UFC, las declaraciones de White y las demandas judiciales muestran una industria en tensión entre crecimiento económico, modelos laborales tradicionales y las demandas de reconocimiento y equidad de quienes sostienen el espectáculo noche tras noche.La discusión también alcanza al ecosistema que sostiene a la MMA como producto global. Medios, plataformas de transmisión, patrocinadores y audiencias participan de un modelo que privilegia el espectáculo inmediato, mientras las consecuencias físicas y neurológicas quedan fuera del foco. La narrativa de la resistencia y el sacrificio continúa siendo rentable; la atención a las secuelas, marginal. En ese circuito, el daño se normaliza, se consume y se olvida, sin que exista una exigencia colectiva de protección a largo plazo para quienes ponen el cuerpo.El daño está documentado. Los testimonios existen. La autoridad regula, pero no protege. La empresa crece, pero no comparte.Y en medio de ese triángulo perfectamente funcional, el peleador pone el cuerpo, firma el contrato y asume el riesgo completo. Cuando termina la pelea, también termina el interés institucional. No hay seguimiento, no hay red, no hay responsables.El negocio continúa. Las consecuencias, no.Nota: Este reportaje se elaboró a partir de documentos judiciales públicos, entrevistas atribuidas y literatura científica especializada, integrados mediante un proceso de análisis y redacción original. Algunas de las declaraciones de los testigos fueron tomadas del portal MMA Fighting.FCM




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