Cerrar la llave del crudo a Cuba a cambio del T-MEC
Aunque México envía buques con petróleo a Cuba desde la década de los noventa, la reciente decisión de cerrar la llave a la dictadura que encabeza Miguel Díaz-Canel tiene un matiz geopolítico que busca reordenar las fuerzas en la región.
La decisión está fuertemente asentada en las negociaciones del T-MEC que se celebrarán en junio próximo y en la delicada relación que el gobierno mexicano mantiene con el presidente Donald Trump, quien, como lo demostró con el derrocamiento de Nicolás Maduro y sus amagos a Groenlandia, no tiene ningún ambage en intervenir militarmente como una última opción.
Desde hace décadas, la política estadounidense hacia Cuba ha oscilado entre el embargo económico clásico y distintas formas de coerción geopolítica. Hoy, bajo la llamada Doctrina Donroe, la estrategia mantiene un uso sistemático de la presión económica y diplomática para asfixiar al gobierno de Miguel Díaz-Canel en La Habana.
El más reciente capítulo de esa ofensiva es la suspensión de los envíos de petróleo desde México a Cuba, que, más allá de un giro soberano anunciado por el gobierno mexicano, refleja el impacto de la subordinación hemisférica a las prioridades de Washington.
México ha jugado un papel energético cada vez más importante para Cuba. Tras el colapso de las entregas venezolanas —el principal proveedor histórico de crudo que quedó interrumpido por las sanciones y presiones estadounidenses—, Pemex se convirtió en un sostén clave para el régimen cubano.
Entre enero y septiembre de 2025, México exportó aproximadamente 19 mil 200 barriles diarios de petróleo a la isla (17 mil 200 barriles de crudo y dos mil de productos derivados), cifra que representó alrededor del 3.3 por ciento de sus exportaciones totales de crudo, según reportes de Pemex presentados ante la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos.
México envió cerca de 20 mil 100 barriles diarios durante 2024, lo que significó un aumento sustancial con respecto a 2023. Registros aduanales apuntan a que entre mayo y agosto de 2025 se realizaron decenas de embarques cuyo valor superó los 850 millones de dólares.
Pero hoy esos envíos están en pausa. Esto sin duda pegará en una isla que tiene una endeble y obsoleta red energética que está a punto de colapsar. Cuba —que depende mayoritariamente del diésel— necesita alrededor de 110 mil barriles diarios de crudo para sostener su raquítica infraestructura energética de transporte, de los cuales una parte significativa provenía de aliados como Venezuela, y ahora México. La caída de esas corrientes energéticas ha dejado apagones crónicos, largas filas por combustible, incertidumbre, nulidad de servicios básicos, de salud y escasez de alimentos y medicinas.
El trasfondo es que la Casa Blanca no quiere un socio energético que amortigüe la presión sobre Cuba y busca hacer sentir el impacto directamente en la población y en la capacidad del Estado cubano para sostener servicios esenciales.
La suspensión del petróleo, si bien no se traduce automáticamente en una crisis política abierta, sí intensifica una realidad que el gobierno estadounidense ha promovido desde hace años: debilitar las estructuras de poder en La Habana mediante estrangulamiento económico, aislamiento financiero y limitación de recursos energéticos.
Esto tiene consecuencias en una isla que se ha acostumbrado a apagones que duran días, a hospitales inoperantes, transporte público intermitente y 8 millones de personas en la precariedad y la hambruna, esperando que la población civil reaccione y termine por deshacerse de una clase política corrupta que desde hace más de 70 años sangra a Cuba y a quien se deje.
SOTTO VOCE
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