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Январь
2026

Del activismo venezolano a la actuación

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“Soy un actor salvaje. Nunca fui a una escuela de actuación”, afirma Edgar Ramírez con la tranquilidad de quien encontró su camino a través del instinto. Su formación no se produjo bajo la tutela de ningún grande del drama, sino en la arena política, entre campañas de empadronamiento y estrategias de comunicación. Ramírez estudió Comunicación Social con especialidad en Comunicación Política en la Universidad Católica Andrés Bello y, antes de convertirse en una estrella de Hollywood, su escenario principal fue la desaparecida democracia venezolana.

Su primer trabajo al graduarse de la universidad fue como director ejecutivo de Dale al Voto, una organización dedicada a incentivar la participación democrática y los valores cívicos entre los jóvenes. “Diseñábamos campañas con un lenguaje directo, sin rimbombancia”, cuenta. En una Venezuela en transición, donde el trámite burocrático era sinónimo de pesadilla, Ramírez y su equipo rompieron esquemas instalando máquinas de registro electoral en lugares de alto tráfico juvenil: antros, cines, boliches y puertas de estaciones de metro. La idea era asociar el derecho al voto con la vida cotidiana y la diversión.

Su activismo era creativo y pragmático. Ante la complejidad de las “megaelecciones” del año 2000 –donde se refrendaron todos los cargos públicos tras la Constituyente–, diseñaron las “chuletas”: pequeños acordeones de papel plegados en forma de cajetilla de fósforos para que el elector no se confundiera al votar. Al abrirlos, explicaban de manera gráfica cómo ejercer su derecho sin anular la boleta, anticipándose a las trampas del sistema.

Incluso antes de graduarse, Ramírez ya mostraba su desenvoltura. Condujo un programa de televisión llamado “Probando presidentes”, donde tres jóvenes periodistas entrevistaban a los candidatos a la República –como Irene Sáez y Henrique Salas Römer (Hugo Chávez nunca quiso asistir)– sobre las inquietudes reales de su generación.

La política parecía ser destino. Edgar planeaba irse a Georgetown para estudiar un posgrado en Prevención de Conflictos y realizar una pasantía en La Haya durante los juicios de Slobodan Milošević, pero México le cambió el guion.

A los 19 años era director internacional del festival de cortometraje universitario “Viar” –un evento de prestigio en América Latina–, y Ramírez viajó a México para invitar jurados. Conoció a Guillermo Arriaga, que era profesor de la Ibero. Tiempo después, un amigo le pidió a Edgar actuar en un corto experimental sobre sexo virtual y telemática, temas en boga por la explosión de internet. Tuvo que usar un traje de látex y decolorarse el pelo. Edgar aceptó pensando que sería una vergüenza pasajera de la que nadie se enteraría, pero el corto ganó premios y Arriaga confirmó que tenía potencial. “No sabía que eras actor”, le dijo Arriaga después de ver el corto, y le habló de una película que escribía para un director debutante que venía del mundo de los comerciales: Amores Perros. Arriaga pensó que Edgar sería perfecto para el personaje de Octavio, e incluso bromeaba con él sobre su facilidad para los acentos: “Eres de los pocos venezolanos que cuando imitan el mexicano no suenan como Cantinflas”. Arriaga le sugirió viajar a México para conocer al director de casting. Pero Edgar, enfocado en su tesis, no hizo el viaje.

Dos años después, Arriaga regresó a Venezuela. Venía de Cannes, donde Amores Perros había ganado la Semana de la Crítica y cambiado la historia del cine latinoamericano. En una fiesta, le mostró el tráiler a Edgar, pausó la imagen y soltó: “Éste pudiste haber sido tú”.

Al día siguiente, de paseo en un parque de Caracas, Arriaga le explicó la realidad del actor: el desempleo constante, las películas que nadie ve, los teatros semivacíos. “Pero creo que igual deberías intentarlo”, remató. Y Edgar decidió intentarlo. Decidió probar suerte, pensando que, si fallaba, simplemente continuaría con su vida. Mientras el régimen chavista comenzaba a asfixiar a las organizaciones de la sociedad civil, Edgar seguía en Dale al Voto y en sus horas libres hacía castings.

Su oportunidad llegó con Punto y Raya, una película dirigida por Elia Schneider. El proceso de selección fue brutal: de mil aspirantes quedaron dos al final. La cinta fue preseleccionada a los Globos de Oro. Durante la promoción en Los Ángeles, una directora de casting lo llevó a una audición para la que sería la siguiente película de Tony Scott. Scott lo eligió, y así comenzó su carrera internacional. Pero el éxito no fue inmediato. Ramírez volvió a Venezuela, trabajó como traductor y chofer para ejecutivos internacionales (en su infancia aprendió alemán, francés, italiano e inglés porque su padre fue agregado militar en Austria y Canadá).

Edgar Ramírez vivió en su país hasta hace siete años, cuando le prohibieron la entrada por su abierta oposición al régimen, una situación que comparte con cientos de miles de venezolanos. Pero su vínculo con el país sigue intacto. Ramírez produce y actúa en la película Una noche en Caracas (basada en la novela La hija de la española, de Karina Sainz Borgo), una producción filmada en México con talento venezolano y colombiano y equipo técnico mexicano.

Para Ramírez, era vital no hacer un panfleto político, sino “un vehículo artístico que explorara los límites de la naturaleza humana”. En esta película, “el monstruo no es sobrenatural ni está debajo de la cama; el monstruo es el funcionario público que te extorsiona, el vecino que te delata para sobrevivir”, explica. “La cinta funciona como un thriller de terror, donde el miedo proviene de la ruptura absoluta del tejido social, donde las víctimas son empujadas a convertirse en victimarios para proteger a quienes aman”.

El régimen venezolano no ignoró la obra. Boicoteó activamente su postulación al Oscar y creó un comité de selección paralelo dentro de la academia de cine y lanzó amenazas directas: quien votara por la película de Ramírez, debía atenerse a las consecuencias. A pesar de ello, el actor confía en el poder de esta historia: “Todo arte es político, pero no toda intención detrás del arte es política. Para mí, lo que puede hacer esta película es tocar fibras”.

Hoy, el “salvaje” que repartió volantes para defender el voto, utiliza el cine para preservar la memoria histórica de un país al que, por ahora, no puede volver, pero del que nunca se ha ido del todo.

“Todo arte es político, pero no toda intención detrás del arte es política. Para mí, lo que puede hacer esta película (Una noche en Caracas)es tocar fibras”




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