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El corsé que salvó a una reina

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El 2 de febrero de 1852 la reina Isabel II acudía a la basílica de Atocha a los que se conocía como «misa de parida» para presentar a su hija la infanta Isabel de Borbón, conocida popularmente como «La Chata» cómo acto de agradecimiento, ya que había perdido a los anteriores vástagos. La reina tenía 21 años y sólo había pasado un mes y medio del alumbramiento tiempo suficiente para la soberana para recuperar la cintura de avispa gracias a un corsé de ballenas. En las concurridas galerías del Palacio Real, la reina fue detenida por un clérigo con el pretexto de entregarle una misiva que nunca llegó a sus manos y recibiendo una puñalada en el abdomen con un estilete de 2 centímetros cayendo la reina de espaldas, al mismo tiempo que el coronel de alabarderos Manuel de Mencos sostenía a la infanta.

El regida, el conocido cura Martín Merino, detenido por la Guardia Rel mientras que la reina era auxiliada en sus aposentos por el marqués de San Gregorio médico e Cámara quien le aplicó los primeros auxilios mientras llamaba al cirujano de Palacio Melchor Sánchez de Toca. El cirujano reviso las heridas de la reina comprobando que sólo tenía una leve rozadura al final de la última costilla derecha. Tanto el rico manto bordado de oro, como el corsé con rígidas barbas de ballena habían amortiguado el impacto el arma. El principal temor de Sánchez de Toca era la posible presencia de veneno en el estilete, motivo por el cual visitó la cárcel donde se hallaba recluido Merino. Allí confirmó, por declaración del propio agresor, que el arma estaba limpia. El regicida fue condenado a la pena de garrote. Sus restos fueron posteriormente quemados para evitar homenajes por parte de los opositores al gobierno de Narváez, sostén político de Isabel II.

Hierro y ballenas

Tras su ejecución se halló un manuscrito titulado La Conciencia, discurso de oposición al partido de Narváez, en el que Merino justificaba el atentado como respuesta al ajusticiamiento de Martín Zurbano, militar liberal progresista que había adquirido notoriedad durante las guerras carlistas. La reina dono los vestidos que llevaba ese día a la Virgen de Atocha pero el corsé permaneció en palacio hasta 1871 cuando fue donado por el duque de Tetuán al Museo Arqueológico. Durante casi tres siglos y medio el corsé constituyó el principal elemento de sujeción del cuerpo femenino, fabricado con cordones, ballenas o refuerzos metálicos.

Su introducción en las cortes europeas se atribuye a Catalina de Médici esposa del rey Enrique II de Francia imponiendo la prohibición de las cinturas anchas en las visitas a la corte durante la década de 1550. Durante casi 350 años, el principal medio de soporte de las mujeres fue el corsé, con cordones y ballenas o metal. En la España de los Austrias se difundió un tipo de corsé de gran severidad, llamado corpiño o mas coloquialmente cotilla, que incorporaba un cartón o tabla sobre el pecho, armado con ballenas y ajustado mediante cordajes. El objetivo era convertir el torso en un cono liso y alargado. Ignacio Martínez de Galinsoga, médico de la reina María Luisa de Parma (esposa de Carlos IV) y director del Real Jardín Botánico de Madrid y la Real Academia de Medicina, escribió una obra titulada «Demostración mecánica de las enfermedades que produce el uso de las cotillas» señalando los riesgos de salud inherentes al uso de corsés mostrando la ausencia de este tipo de problemas de salud entre las mujeres campesinas.

A comienzos de la época victoriana los corsés eran largos llegando hasta las caderas, siendo acortados a mediados del siglo XIX. El corsé funcionaba comprimiendo el cuerpo en el centro y forzando la carne de la mujer desde la cintura hasta los senos y las caderas ayudando simultáneamente a distribuir el peso de las faldas pesadas. Al mismo tiempo que se estrechaban las cinturas comenzaban las primeras protestas feministas contra su uso en Estados Unidos. Elisabeth Stuart Phelps Ward, escritora feminista e intelectual americana que dio una serie de conferencias en la Universidad de Boston, animaba a las mujeres a quemar sus corsés.

A pesar de las reivindicaciones aún quedaban casi medio siglo de vida a los corsés de hierro y ballenas, hay que esperar a la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial y la incorporación de la mujer a las fábricas para que este tipo de interiores se deseche por completo siendo sustituidos por sostenes y fajas. Un breve retorno en 1939 marcado por la revalorización de la cintura estrecha se vio truncado por la Segunda Guerra Mundial. En 1952, la firma Meidenform diseñó un corsé para Lana Turner conocido como la Viuda Alegre, mismo nombre de la película de Warner que lo publicitaba. Estos modelos persistieron hasta las protestas feministas de Miss America de 1968 en Atlantic City cuando los corsés y fajas considerados instrumentos de femineidad forzada fueron arrojados simbólicamente al cubo de basura de la libertad.




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